No te rindas, bruja

 

A veces me escribís y me abrís vuestras almas. Me habláis de la soledad que sentís en vuestras vidas. De la incomprensión de aquellos que os rodean y de lo mucho que echáis en falta otras como vosotras. Me contáis que, en las largas noches de insomnio, lloráis por vuestro corazón roto a base de rechazos, de crueldad, de incomprensión y de todas las traiciones de personas a las que queríais y en quienes confiabais. Muchas veces decimos que ser bruja no es fácil, porque a la visión que tienen los demás de nosotras y lo difícil que es conocer a gente que nos comprenda, hay que añadir el hecho de nuestra extrema sensibilidad y el dolor que nos provocan sucesos y hechos que para otros son simples anécdotas.

Es cierto que en nuestra juventud atravesamos momentos muy duros y difíciles, pero a veces dejamos que esos momentos se extiendan en el tiempo y llegamos a la edad adulta sin saber ser felices porque no sabemos a qué o a quién aferrarnos para alcanzar esa felicidad. Hace muchos años yo pasé por lo mismo. Nunca mentí sobre mí misma, nunca escondí que era una bruja, y aunque fui más afortunada que otras, no me libré de ciertos hechos que me hicieron mucho daño. Hace poco encontré un texto que escribí hace muchos años, aunque ya no era una niña, y que hablaba de un suceso que fue determinante para mí y para mi forma de ver la vida. Fue algo que me ocurrió una noche y que duró sólo un segundo, un segundo eterno que me cambió por dentro y por fuera. Que cambió mi vida. El texto que escribí para no olvidarlo nunca, fue este:

“Anoche me rendí. No fue una noche especial. Ni más fría ni más triste que otras noches. Ni fue un momento especialmente doloroso ni en el que sufría más que en otros momentos.

Pero sucedió.

Escuchaba la radio, como cada noche, y una voz hablaba de atentados en los que han muerto muchas personas. No dijo nada que no se hubiera dicho antes y las lágrimas que se me escaparon no fueron distintas de las muchas que se me han escapado antes por este tema. Pero, súbitamente, me invadió una calma extraña, oscura. Todos mis músculos se relajaron y las lágrimas dejaron de fluir. Dejé de sentir, de esperar nada, de ser yo. Y mientras me sentía caer, mientras notaba cómo me hundía físicamente en el colchón, pensé lo fácil que sería no volver a levantarme nunca de mi cama. No volver a hablar con nadie, ni a escuchar a nada ni a nadie. No volver a leer un libro, abandonar mis sueños, mi magia, mis creencias, mis amigos, mis sentimientos por quien amo… No volver a sufrir jamás por nada ni por nadie. Simplemente quedarme allí, en mi cama. Sin pensar, sin sentir. Hundirme en mi mente y no regresar jamás a un mundo al que no le importará nunca que me haya ido. Aunque permanezca allí.

Sólo fue un segundo. Un único instante. Pero fue aterrador. Porque por primera vez en mucho tiempo me sentí bien. Tranquila. Descansando de la vorágine emocional que es mi vida y completamente tentada a hacerlo perdurar para siempre. Por primera vez en muchos años estaba en calma. Una calma fría e indiferente. La calma de un alma que ha muerto al mundo. La oscuridad me pareció cálida y reconfortante, la soledad lo único que ansiaba, el silencio eterno la paz que pocas veces encuentro. La apatía hacia los demás el mejor bálsamo a la pregunta que siempre me ronda el corazón: ¿Me amará alguien algún día por lo que soy?

Ya no me importaba la respuesta. Porque durante ese segundo, supe que podía elegir. Podía cerrar mi corazón, mi mente y mi alma y no volver a sentir nada por nadie. Que existe ese interruptor en el fondo de nosotros que nos desconecta de la humanidad, y que podemos activarlo a voluntad. Y que no es un sufrimiento extremo el que nos acerca a él, sino un dolor sordo, latente, constante. Una leve tristeza crónica que nunca abandona nuestros gestos. Una larga existencia de buscar y no encontrar. Un agotamiento tenue y continuo que va minando nuestras fuerzas tan lentamente que no nos percatamos de que, en cualquier momento, ese botón que lo para todo será lo único que ocupe todo nuestro ser.

Y yo apreté el botón, y todo quedó en calma. Muerto.

No sé qué ocurrió al cabo de ese segundo. No sé qué parte de mi tuvo la fuerza que me hizo falta para volver a activar mi esperanza. No sé de dónde viene esa voz que me susurró, tan lejos que apenas pude oírla, seguirás luchando, porque has nacido para luchar.

Pero la oí. Y tuve la fuerza.

Pero aún no sé si me alegro o me arrepiento, porque no sé si significa que siempre tendré que luchar por algo, que nunca podré descansar. Si puede volver a suceder y la próxima vez no tenga tiempo de regresar.  ¿Y si la próxima vez no quiero regresar?

Ahora sé que es muy fácil dejar de ser humano. Dejar de tener alma. Devolverla al lugar del que sea que proviene y limitarse a existir por existir. Y me pregunto cuantas de nosotras hemos estado a punto de caer en ese estado tan insensible, esa paz mental tan parecida a la paz de la muerte.

El no volver a levantarse por nada, no alzar mi voz nunca más en contra ni a favor de nada. Dejar que todo pase de largo y limitarme a respirar para seguir siendo nada. Porque ahora sé lo que es la nada. Y lo invade todo.

Me gustó. Me sedujo y me dejé seducir. Porque estoy cansada y no encuentro un momento de respiro. Porque tal vez sea necesario un motivo para luchar y no baste el haber nacido luchadora. Y durante ese segundo eterno, maravilloso, espeluznante, tranquilo y aterrador, comprendí que parte de mí no tiene ningún motivo para luchar. Que no me importó nada dejar de lado todo lo que, hasta ahora, había considerado importante para mí. Porque en ese momento, ni siquiera yo misma me importaba.

Pero estoy aquí. Pude regresar. Así que debe haber algo que aún me importa. Algo que no veo, que no soy yo, ni mi vida. Algo de lo que no soy consciente ni tiene nombre todavía, pero lo suficientemente fuerte para que me inmole voluntariamente a los dioses de la tristeza y el dolor. Sea lo que sea, espero descubrirlo antes de que ese segundo vuelva y se convierta en toda una vida, sin vida.”

 

Afortunadamente lo descubrí. Y era lo suficientemente fuerte para enfrentarme al mundo por ello y seguir luchando todos los días de mi vida si hacía falta. Ese algo que me hizo regresar al mundo tenía un nombre y yo había estado equivocada porque siempre lo había tenido delante y no había conseguido verlo.  Ese algo era Yo.

A partir de ese día comencé a reconocer mi poder y aunque siempre he tenido que luchar en un sentido u otro, cada batalla me dio más fuerza. Cada batalla me hizo más resistente. Mis sentimientos son los que me hacen humana. Mis emociones son lo que me dan vida. Mi capacidad de sentir lo que me rodea es lo que me hace bruja.

Pero me pregunto cuántas no encuentran nunca una razón para continuar. Cuantas de nosotras se dejan vencer por esa tristeza tan profunda que a veces no sabemos que la sentimos hasta que es demasiado tarde. Cuantas de nosotras una noche, sin saber por qué ni cómo, simplemente se rinden y dejan todo atrás. Su esperanza, su magia, su alegría. Su alma de bruja que puede cambiar el mundo, sin llegar a saberlo.

Y cuantas de vosotras estáis ahí, justo en el límite, justo en ese momento en el que puede que no haya vuelta atrás. Pero yo os pido que no os rindáis. No apretéis el botón. Sé que a veces parece que este mundo nos rechaza, que no encajamos en estos tiempos que valoran más lo que tienes o lo que pareces que lo que verdaderamente eres. A veces sentimos que somos restos de una época perdida y que nuestro tiempo acabó hace ya mucho. Que a ojos de otros solo somos una locas, o ingenuas o unas pobres niñas perdidas. Pero no es cierto. Nosotras, y la gente como nosotras, somos ahora la esperanza que le queda a este planeta. Somos nosotras, junto con el resto de personas que aman la tierra, el futuro que le queda a nuestra especie. Por eso, cada vez que algo haga sangrar tu corazón, piensa que esa sangre es la que riega tu esperanza.  Eso que ahora os duele, la pena, la tristeza que ahora sentís, la extrema sensibilidad… son las fuentes de vuestro poder de una bruja. Sólo quien conoce el sufrimiento sabe el verdadero valor de la felicidad. Sólo quien lo ha perdido todo, sabe valorar cada pequeña esperanza. Por eso, no neguéis quienes sois, no deis la espalda a todas esas experiencias que os hieren. Buscad en vosotras mismas la razón por la que continuar luchando. Porque las brujas no se rinden. Y si lo hacen, es sólo para tomar aliento, levantarse y continuar luchando por su futuro, por sí mismas, por su felicidad. Os aseguro que todo pasa, pero sólo si vosotras permitís que pase y no os aferráis a ello.

Cuando sientas que no puedes más, que ni una molécula de ti puede continuar adelante, levántate, mírate en el espejo y sonríe. Tienes delante lo que hará que tu vida merezca la pena. Respira hondo, levanta la mirada y continua, bruja. Sé un ejemplo de lo que verdaderamente importa, porque sanándote a ti misma, puedes ayudar a sanar a otras. Y ya hay demasiadas almas muertas caminando por la tierra.

No aprietes el botón. No te rindas, bruja.

 

Hyedra de Trivia

 

 

 

 

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Viaje al Corazón

He estado una temporada ocupada entre hechizos, formaciones, reuniones de brujas y creando nuevos proyectos. En breve publicaré nuevas entradas en el blog, pero hoy quería anunciaros de una forma apropiada uno de los nuevos talleres que estoy ofreciendo. Me he dado cuenta de que hablo de ellos en facebook y por mail, pero nunca los anuncio aquí para vosotras, las que me seguís incondicionalmente en el blog. Así que aquí lo tenéis.

EL VIAJE AL CORAZÓN. UN AMOR EMBRUJADO

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Es un taller de cuatro semanas de duración, totalmente online y está dividido en tres bloques. Tres viajes en espiral que nos llevarán a encontrarnos con el amor de nuestra vida, el más importante en la historia de una bruja. Nosotras mismas.
Los lunes viajaremos en la espiral que nos conduce al centro de nuestro corazón, recordando nuestra historia y nuestros amores pasados, aquellos que nos convirtieron en lo que somos hoy día y aprenderemos a entenderlos, sanarlos, perdonarlos si hace falta y dejarlos ir si es necesario.
Los miércoles viajaremos en una espiral ascendente que nos llevará hasta las historias de Diosas cuyo amor cambió el mundo, o el verdadero sentido de los cuentos de hadas, y descubriremos cómo esas historias siguen manifestándose en nosotras y cómo podemos encontrar a esas Diosas en nuestro interior y en nuestra vida.
Los viernes viajaremos en una espiral hacia nuestro exterior, llevando con nosotras todo el amor y la magia que viven en nuestro corazón hacia fuera, para convertir cada momento de nuestra vida en una historia de amor con nosotras mismas. Realizaremos prácticas, rituales y hechizos para sanar nuestro corazón herido, hacerle un sitio especial al amor en nuestras vidas y enamorarnos cada día un poquito más de nosotras. Crearemos una historia de amor embrujado, entre una bruja y su vida de leyenda.
Para ello, crearé un grupo secreto de facebook donde cada lunes, miércoles y viernes subiré textos y podréis comentar, compartir y consultar todo lo que queráis. Es totalmente online, así que cada una trabajará a su ritmo y según el tiempo del que disponga. Yo publico por la mañana, pero vosotras podréis participar a la hora del día que mejor os venga.
El taller dura 4 semanas, del lunes 6 de febrero al viernes 3 de marzo.
Si estás interesada avísame para reservar tu plaza 🙂
IMPORTANTE, PARA MÁS INFORMACIÓN E INSCRIPCIONES ESCRIBÍD A: hyedra.deduir@yahoo.es

Gratitud de Bruja

A place I once called home (Valkyria) Autor de la imagen: Lorelyne http://www.deviantart.com/browse/all/?section=&global=1&q=lorelyne

A place I once called home (Valkyria)
Autor de la imagen: Lorelyne
http://www.deviantart.com/browse/all/?section=&global=1&q=lorelyne

A veces atravesamos momentos en los que las cosas no salen como esperamos. Todos nuestros proyectos parecen detenerse o, incluso, dar marcha atrás. Vemos cómo a nuestro alrededor la vida de los demás continúa mientras la nuestra no acaba de llegar a ser como queremos. O tal vez los problemas dificultan nuestro día a día e incluso nos preguntamos qué será de nosotros mañana. En estos momentos es muy fácil dejarse dominar por la desesperanza. Es fácil caer en la trampa de la queja y la desidia. Y es fácil no tener ojos para nada que no sea todo aquello que nos dificulta el camino.

Pero hay una herramienta que las brujas (y muchos psicólogos) recomendamos para luchar contra la tristeza y la desesperanza. El agradecimiento. Por muy difícil que sea nuestra vida, por muchos problemas que tengamos, siempre habrá algo bueno en ella. Algún gesto amable, algún pequeño detalle, algo hermoso que nos haga detenernos y disfrutar de ello. La gratitud es uno de los mayores dones con los que podemos contar, y tenemos la suerte de que se puede desarrollar y trabajar para hacer de él un hábito continuo. Todo lo que hay en éste universo emite una vibración, y esa vibración atrae lo afín y rechaza lo distinto. Si no somos capaces de apreciar las cosas buenas y agradecerlas, dejaremos de recibirlas. Sólo atraeremos lo único que vemos, tristeza, dolor, pena, desesperanza.  Como ya he dicho alguna vez, nuestra mente aprende mediante la práctica y la repetición, y hay un precioso ejercicio que nosotras (muchas sonreiréis porque ya lo conocéis) usamos para practicar la gratitud: nunca te acuestes sin agradecer al menos tres cosas de tu día.

Cada noche, antes de dormir, repasa tu jornada y piensa en algo bueno que te haya ocurrido.  Todo aquello que te haya hecho sentir bien,  haber encontrado unas monedas, haber recibido la amabilidad y la sonrisa de un extraño o algo más sensual, como el calor que se siente al sujetar una taza caliente en un día frio… Cualquier cosa que te haya hecho sentir algo bueno. Hazte con un cuaderno y apunta en él cada noche todo lo que recuerdes. Como mínimo hay que escribir tres anotaciones. Utilizaremos éste Diario de Agradecimientos para entrenar a nuestra mente, le enseñaremos a apreciar los pequeños momentos y al saber agradecerlos, al ser receptivos y hacer espacio en nuestra vida para lo que nos hace sentir bien, cada vez atraeremos más y tendremos más cosas que escribir en nuestro cuaderno.

Y con el tiempo y si eres constante,  descubrirás que ya no necesitas el Diario ni esperarás a que llegue la noche. Serás capaz de sentir gratitud por cada pequeño acontecimiento en cuanto te ocurra, y las sonrisas serán más comunes que las lágrimas. La ilusión por lo que vendrá superará al temor por el futuro y además, serás capaz de extenderlo a tu pasado. Empezarás a agradecer mil cosas que te han ocurrido y que hasta ahora no habías sido consciente del regalo que fueron. Esta es la mejor parte. Ser capaz de dar gracias por tu existencia y todo lo que has aprendido hasta ahora.

Yo suelo dar las gracias por muchas cosas, pero la primera siempre son las mujeres de mi vida. Empezando por mi abuela, de quien aprendí la existencia del amor incondicional y las caricias más dulces que me han dado. Recuerdo las tardes de lluvia junto a ella, las noches en las que no me dormía sin sus palabras. Ella fue mi primera contadora de cuentos, crecí con sus historias y sus recuerdos y hubiera dado lo que fuera por haberla conocido en su juventud y haber vivido su rebeldía a su lado.

Doy gracias también por tener la madre que tengo. De ella aprendí la maravilla del mundo femenino, la limpieza y la honestidad de nuestro cuerpo. Jamás me ocultó nada, por el contrario, siempre respondió a mis preguntas con toda naturalidad y franqueza y me explicó todo lo referente a la menstruación, la sexualidad y la maternidad desde que tuve edad para comprenderlo. En aquella época me parecía lo normal, pero hoy sé que muy pocas madres hablaban así a sus hijas. Sé la suerte que tuve y jamás en mi vida le agradeceré lo bastante el regalo que me hizo. Me regaló mi cuerpo, me regaló mi sexo, me regaló mi autoestima femenina. Mi madre me dio dos veces la vida, la primera al parirme y la segunda al entregarme el conocimiento sobre mi sexualidad.

Doy gracias por mi hermana y por mis amigas, porque cada una de ellas me muestra una faceta de La Mujer y me enseñan la parte de mi misma que hay en ellas y partes de ellas que reconozco en mí. Gracias a ellas, cada vez comprendo mejor qué es ser mujer y reconozco lo afortunada que soy, porque son muchas. Muchísimas mujeres maravillosas rodeándome y queriéndome. Son uno de los grandes regalos de mi vida.

Doy gracias también por los hombres de mi vida. Familiares, amigos, ex parejas, pareja… Todos ellos me han enseñado mucho sobre la masculinidad. Me han enseñado a amar y también a rechazar el mal amor. Algunos han sido espejos en los que he visto reflejado todo aquello que no quería ser. Otros han sacado de mí partes que no sabía que estaban y que no querría haber conocido nunca. Los mejores me han hecho ser mejor persona a mi vez. Ahora, otros me están enseñando que un nuevo hombre es posible, que no están sólo en los libros o las películas. Son compañeros que caminan a nuestro lado, y de ellos aprendo que, aunque a veces es difícil encontrarlos, haberlos, hailos.

Agradezco la suerte que he tenido por las maestras que he ido encontrando. De ellas, mujeres que han dedicado su vida a enseñar a otras, he aprendido y continúo aprendiendo el valor de la hermandad. De la transmisión de unos conocimientos y una sabiduría que nos pertenece a todas y que nos hará libres. De la responsabilidad que es ser la portadora de las antiguas tradiciones de las Hijas de la Tierra y mantenerlas y transmitirlas para que no se pierdan y crear una nueva generación de mujeres que se comprometan a continuar con su labor. Gracias, porque si vosotras no fuerais, yo no habría podido ser.

Doy gracias por mis brujas. Por el circulo pagano de mujeres y hombres que me acompañan en esta aventura de celebrar los ciclos de la Naturaleza y recordar los antiguos ritos que una vez unieron a la Humanidad con la Tierra. Con ellos disfruto de cada momento vivido en comunidad, de las ideas compartidas y de muchas horas de magia.

Y sobre todo agradezco cada detalle de este planeta en el que he nacido, cada gota de lluvia, cada soplo de aire, cada rayo de sol que se cuela entre las hojas de los árboles y dibuja formas de sombra sobre la hierba. Doy gracias por todas las maravillas que me ofrece. Agradezco ser capaz de sentir placer, de poder viajar entre las páginas de un libro, de emocionarme hasta el punto de las lágrimas escuchando una melodía. Agradezco cada risa y carcajada. Cada beso de mi pareja y también los de los labios pegajosos de las niñas de mi vida. Doy gracias por mil sensaciones que mi piel percibe. Doy gracias por estar viva, por sentirme viva y querer seguir viva. Pero sobre todo, doy gracias por saber agradecer mi vida.

¿Y tú? ¿Por qué das las gracias?

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Contacto

hyedra.deduir@yahoo.es
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