La cueva de las brujas

Samhain Goddess Autora de la imagen: Arwens Grace

Samhain Goddess
Autora de la imagen: Arwens Grace

Estos días regreso del pasado. Regreso de unos bosques antiguos y vivos donde a cada paso nos sabíamos acompañadas por sombras que se movían en los límites de la visión. Unos bosques poblados por ecos de risas encantadas y movimientos furtivos descubiertos por el rabillo del ojo. Regreso de las profundidades de la Madre, de pisar hojarasca y encallarme en el lodo de su suelo. Regreso de ser Vida y arder en el recuerdo del fuego de un pasado que, entre magia, las brujas trajimos de vuelta. Regreso de caminar kilómetros a través del bosque bajo el cielo negro de una noche sin luna.

Cuando una bruja llama, las demás acudimos a su llamada. Y escuchando la llamada del Norte volamos hacia el Akelarre, donde dimos la bienvenida a cinco nuevas brujas y donde descubrimos que el tiempo no existe y que la memoria es eterna.

Pisamos sobre los pasos que dejaron otras hace siglos, caminamos sobre huellas antiguas y seguimos el camino que nos condujo a encontrarnos con nosotras mismas dentro del vientre de la Madre. El sendero que atravesaba el bosque nos llevó hasta el lugar donde se han reunido las brujas desde el principio de los tiempos. La cueva.

Las cuevas nos han acogido desde siempre, han significado el hogar, refugio, escondite, punto de reunión clandestino, tumba, el misterio de la Tierra… Las cuevas son sagradas, han sido reverenciadas y temidas pero también han ejercido una atracción ineludible para la Humanidad que siempre ha arriesgado su vida explorándolas. Las cuevas son la entrada a las entrañas de la Madre, un paso hacia su útero sagrado en el que encontrarse con la oscuridad y del que volver a nacer, renovada y bendecida por la tierra que todo lo regenera.

Desde el lugar que me correspondía en el ritual, dejaba vagar mi mirada por las paredes que me rodeaban, apenas iluminadas por unas velas colocadas aquí y allá. Sabía que en el exterior aún era de día, pero eso no parecía importar allí abajo. Sabía que, una vez hube traspasado su entrada, había entrado en otro mundo. Miraba alrededor mientras me arrebujaba en mi capa y jugaba con las volutas de vaho que surgían de mi aliento. Era fría, húmeda, oscura… Escuchaba el sonido de gotas de agua que se filtraban por la tierra y caían al suelo como lluvia, convirtiéndolo en un cenagal. Más allá de donde yo estaba, el suelo descendía hacia las profundidades, hacia la oscuridad total. Y emocionada, suspiré sabiendo que en ese momento no querría estar en ningún otro sitio de este mundo o del otro.

Mis primeros pasos fueron vacilantes, pero no tardé mucho en moverme con más confianza. Cuando me llegó el turno de descender hacia donde la Diosa esperaba, sentí cómo mis pies resbalaban por la roca húmeda, como si la misma cueva quisiera hacerme bajar a su centro más rápido, como si llevase tanto tiempo esperándome que ya no pudiese aguardar unos minutos más. Me dejé llevar, por el frío, por la humedad, por la oscuridad, por la voz de mis hermanos cantándole a la Diosa y por el sonido de sus tambores vibrando como lo han hecho siempre. Y sentí la presencia de muchas otras, de aquellas que se reunían en aquellas mismas tierras, acaso en aquella misma cueva, para perpetuar unas tradiciones prohibidas pero nunca olvidadas ni sustituidas. El nombre de la Diosa de aquellas montañas y cuevas, Mari, nunca ha dejado de pronunciarse y sus brujas, las Sorgiñak, nunca han dejado de acudir a las cuevas, en mitad de noches como ésta, oscura y sin luna, para recordarla y hacer que las nuevas brujas que la buscan, jamás la olviden.

Allí abajo, en las profundidades rodeada de oscuridad, Mari me miró a los ojos y me dio un mensaje. Me dijo recuerda… Tú hablas mi idioma. Recuerda quién fuiste antes, recuerda cuando venías aquí a llamarme por mi nombre. Ya has estado aquí antes. Tus manos tocaban los tambores para mí, que tus manos recuerden, recuerda quién fuiste…

Me costó salir, en realidad no quería abandonarla tan pronto. La cueva tampoco parecía querer dejarme ir porque mis pies se hundían en el barro y mis ropas pesaban y dificultaban mi ascenso. Era justo como debía ser. Difícil, arduo, inolvidable… Pero cuando al fin estuve fuera y sentí el viento sobre mi rostro, cerré los ojos y me llené de noche.

Tiempo después, en el camino de vuelta iba pensando en el pasado. Pensaba en lo difícil que era moverse por el bosque con aquellas faldas voluminosas y pesadas, con la capa de lana enganchándose en los arbustos y los tropiezos cuando al subir cuestas la pisaba. Pensaba en el frío, en la oscuridad, en la humedad que rizaba mi pelo y lo blancas y brillantes que estaban las estrellas en el claro cielo del Norte. Pensaba en lo importante que debía ser la Diosa y las antiguas tradiciones, reunirse en las cuevas y celebrar el akelarre para las brujas del pasado, cuando se atrevían a salir en noches así, frías, oscuras, húmedas. Para atravesar bosques y acudir a una cueva en la que compartir conocimientos, alegrías, bailes, risas y la vida alrededor de una hoguera.  Y me di cuenta de que, siglos después, nosotras estábamos haciendo exactamente lo mismo y  estábamos viviendo una de las mejores noches de nuestras vidas.

He regresado a Madrid, al centro de este país en el que las brujas están recuperando las antiguas costumbres. Pero una parte de mí aún sigue allí, en la oscuridad de aquella cueva en la que llueve siempre. Dejé allí un pedazo de mi corazón y sé que, si está en mi mano, cuando la Bruja del Norte vuelva a llamar, yo acudiré de nuevo a su llamada.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Anuncios

El verano de la Oscuridad

Witch Anette89

Witch
Anette89

En las ciudades sobra luz. Estamos inundados de luz, tanto de día como de noche. Esta madrugada no podía dormir y salí al balcón en busca de una brisa inexistente. A pesar del tórrido calor y los mosquitos, las noches de verano tienen una magia difícil de igualar. Así que me senté y me dejé embargar por el espíritu de las noches cálidas. Si os habéis fijado, todo parece vivo. Los árboles, las fuentes, los sonidos que parecen escucharse desde muy lejos… Tanto que a veces pienso que puedo enviar mensajes sólo susurrándolos y el viento sabrá llevarlos hasta quien tiene que escucharlos.

Inundada de esa sensación casi onírica, cerré los ojos y recordé ese sueño que tengo desde que era niña y que ya os mencioné una vez. Ese en el que me cubro con una capa oscura, y en medio de la noche y amparada por la oscuridad, escapo y cruzo la ciudad para reunirme con un círculo de brujas que me espera en la entrada del bosque para compartir secretos, magia y hechizos alrededor de una hoguera en la profunda espesura.

Pero cuando abrí los ojos, regresé a una noche de verano en la ciudad y sonreí incómoda. Demasiada luz. Tanta que ninguna oscuridad podría ampararme. Me imaginé intentando ocultarme entre los haces de luz y me reí. Cada vez hacen las calles más anchas, sin callejones, con muchas farolas. Dicen que así pretenden disminuir el peligro, eliminar los lugares problemáticos y puntos negros de delincuencia, y en parte tienen razón, pero también eliminan el misterio, los escondites de los amantes, los puntos de encuentro de las almas que reviven de noche. Sonreí porque por suerte, donde yo vivo, una bruja ya no necesita esconderse en las sombras para llegar a su akelarre. Y me incomodé porque, ¿Qué ocurriría si algún día necesitamos volver a escondernos?

En las ciudades nos han robado la noche. Nos han robado la oscuridad convenciéndonos de que es mala cuando la única maldad que hay en ella es la que el mismo Hombre crea. La han llenado de monstruos, de terrores, de todo aquello que hay que desterrar. Nos obligamos a un ritmo inhumano marcado por relojes y bombillas cuando nuestro cuerpo está hecho para funcionar con el ritmo de la Tierra. Nuestros días y noches artificiales duran lo mismo sin importar la estación del año en la que estemos y eso hace que vivamos constantemente agotados. Han reducido nuestra existencia a dos binomios que nos están destrozando: luz, actividad, energía y dinamismo contra oscuridad, lentitud, tranquilidad y observación.

Pero nosotras sabemos que la oscuridad es descanso. Es el reino de las maravillas. Es donde nacen los sueños. Nuestro refugio. Toda bruja lleva la oscuridad dentro y, si quiere llegar a ser una verdadera sabia, es absolutamente necesario que conozca a la oscuridad, que la reconozca en su  interior y que no la tema. Una bruja debe enamorarse de la oscuridad.

Para ello, este verano os propongo algo. Este verano vamos a reencontrarnos con la Oscuridad de la noche. Vamos a estudiarla, a aprender a sentirla. Vamos a dejarla penetrar en nosotras para que se encuentre con la que ya llevamos dentro. Este verano vamos a enamorarnos de la ausencia de luz.

Si vivís cerca de un bosque, monte, costa o tenéis la suerte de ir de vacaciones a algún lugar cercano a la naturaleza, comenzad dando un paseo al atardecer. Sed conscientes del cambio en el cielo, en la temperatura del aire, en los pájaros, en como se alargan las sombras. Fijaos en los olores. En la luz dorada del Sol justo antes de ponerse. En los cielos rojos un tiempo después de que haya desaparecido el Sol. Esta primera noche alargad el paseo hasta que no quede luz y veáis las estrellas en el cielo. Si queréis podéis llevar una libreta para escribir lo que sentís, o simplemente sentirlo y disfrutarlo y escribirlo después.

La siguiente noche salid cuando ya esté oscuro y no quede nada de luz en el cielo. Buscad un lugar que sea seguro, porque la oscuridad no es peligrosa pero algunas personas sí, dejad dicho donde estaréis y más o menos por cuanto tiempo. Llevad una linterna si es necesario, aunque si hay luna probablemente no os hará falta. Cuando lleguéis al lugar elegido, sentaos o tumbaos y, simplemente, abríos a la noche. Observad las estrellas lejanas, escuchad los sonidos de la vida a vuestro alrededor. El viento agitando la hierba y haciendo que los árboles canten su canción. La tierra moviéndose bajo vuestro cuerpo debido a todas las criaturas que despiertan en sus madrigueras y salen a vivir en estas horas oscuras. Ratones, conejos, gusanos…  El rumor de las olas calmadas por la marea si estáis en la costa… Si es una noche sin luna y estáis apartadas del pueblo o la ciudad, tendréis la suerte de conocer la verdadera oscuridad, no podréis ver ni vuestra mano frente a vosotras. Tan solo sentiréis. No tengáis miedo, no hay nada que temer. El mundo que os rodea es el mismo que veis bajo el Sol, hermoso y hechizante. Ese mundo sigue ahí, pero oculto. Ahora solo podéis sentirlo y os invita a buscar esa belleza en vuestro interior.  La oscuridad es un regalo para conectar con el mundo a través de los otros sentidos, y para volver nuestra mirada hacia dentro. Meditad, conectad con la tierra bajo vosotras y con las estrellas sobre vuestras cabezas.  Dejad que las sensaciones fluyan libremente, no reprimáis ninguna. Cuando regreséis a casa escribid sobre como os ha afectado la experiencia, si habéis estado cómodas, si habéis sentido temor, incomodidad, felicidad, comunión con todo… Toda sensación y pensamiento es importante.

La tercera noche salid en el momento más oscuro, justo un tiempo antes de amanecer y observad el proceso. Fijaos en los cambios que se producen, y no sólo a vuestro alrededor, también en vosotras mismas. La hora más oscura es aquella justo antes de amanecer. Igual que en la vida. Tal vez porque si la oscuridad no fuese tan absoluta, el amanecer no nos parecería tan espectacular.  Disfrutadlo. Sentidlo. Observad cómo la luz, tímida al principio, empieza a colorear el mundo y a nosotras. Observad cómo todo despierta a la promesa de un nuevo día. Cómo todo parece limpio y nuevo. Cómo la belleza está ahí  siempre, aunque a veces no podamos verla.

Porque ese es el regalo de la Oscuridad, limpiar todo y hacer que todo renazca renovado y con nuevos colores.

Salid a su encuentro muchas noches durante este verano.  Con luna, sin luna, con apenas un gajo de ella… Salid a diferentes horas y disfrutad del encanto de la noche. Disfrutad del hechizo de las tinieblas. Las sombras guardan secretos para aquellas que se atreven a penetrar en ellas. Y sé que vosotras sois brujas valientes que vendréis al final del verano con mil historias para contarme.

Podría desearos unas buenas vacaciones este año, o que viajéis mucho, o que os divirtáis y descanséis en la playa. Podría desearos mil rayos de Sol y días sin fin entre las olas del mar. Pero no. Este año sólo voy a desearos una cosa.

Oscuridad. Mucha oscuridad.

Disfrutadla.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Vuelos de bruja

Habondia Author: Amanda Clark

Habondia
Author: Amanda Clark

Echo mucho de menos una ventana en esta oficina en la que paso tantas horas de mi tiempo. Hay ratos muertos en los que puedo leer, escribir, investigar o simplemente no hacer nada. Pero no puedo disfrutar de la luz, de ver la vida pasar fuera. No puedo ver la lluvia caer, ni las nubes viajando sobre mi cabeza, ni los brotes en las ramas de los árboles que pronto empezarán a nacer. No puedo ver la nieve, ni la gente caminando por las calles. No puedo contemplar los cambiantes ciclos de la Tierra tanto como a mí me gustaría.  Paso muchas horas lejos de la luz y el aire, bajo una luz artificial e hiriente. Pero aunque pase tantas horas entre estas cuatro paredes, no hay nada que le impida a mi mente escapar y volar hacia donde le gustaría estar en realidad.

Hoy me apetece perderme en la niebla. Pasear entre jirones sintiendo los dedos fríos de la bruma acariciar mis sienes cansadas. Sentirla avanzar cubriendo el mundo con su velo acuoso y verlo todo envuelto en una luz lechosa, tamizada por las sombras de árboles difusos. Caminar a ciegas por suaves pendientes cubiertas de hojas muertas de mil otoños. Me gustaría avanzar despacio entre la niebla, permitiéndole entrar en mí y mecerme con el eco de los sonidos amortiguados del bosque. Dejarle que me hable de antiguas historias olvidadas que nadie salvo ella recuerda ya. Que me muestre en sus formas caprichosas los sueños de visionarios que quedaron perdidos en su silencio eterno. Penetrar en un paraje blanco y gris y vagar confiada, sin temor al mundo en el que apareceré cuando la niebla se retire. Porque la niebla se mueve y navega entre los mundos y nos lleva con ella, si se lo permitimos.

Y esta vez, me gustaría que me llevase a un lugar tranquilo, a ese momento poco antes del crepúsculo. Un rincón apartado entre los árboles cerca del río, donde los últimos restos de bruma se retiran ondeando suavemente sobre la hierba y dejándome ver una cama hecha de brezo y helechos, cubierta por una tienda de tela de colores tenues. Me acerco y me recuesto en ella, entre cojines y colchas suaves y, simplemente, dejo pasar el tiempo. Sólo quiero eso, tiempo para mí, para SER, para disfrutar de estar viva. Sentir la vida a mi alrededor, la brisa acariciándome despacio, el canto de los pájaros, observar el vuelo de las  mariposas y escuchar el rumor de las hojas mecidas por el viento.

Levanto la mano y juego con los últimos rayos de sol que se filtran entre los árboles. Muevo mis dedos entre la luz y los observo, pequeños y casi translucidos, danzando entre miles de motas de polvo doradas, sintiendo la magia de estos minutos de la tarde. La hora dorada. En la que el mundo se para y se prepara para el atardecer. Escucho cómo la vida en el bosque parece detenerse poco a poco, preparándose para un relevo. Los Hijos del Sol se retiran y las Criaturas de Noche comienzan a despertar.

Miro hacia el Oeste donde el Sol desciende ya besando el horizonte convertido en una bola de un rojo incandescente que se esconde entre las nubes, tiñendo el cielo de rosa y malva. Las sombras se extienden reclamando el mundo, y los contornos, tan claros y dorados hace un momento, se convierten en siluetas oscuras, sin forma definida. Todo permanece estático, dotado de una belleza propia, única, mágica. Y cuando el Sol ya se ha ido, cuando todo parece haber terminado, el cielo estalla en sangre y fuego y convierte el mundo en un lugar rojo y negro, ardiente y más bello aún si cabe. El último rescoldo del sol, que por un instante convierte el mundo en fuego vivo.  En ascua efímera.

Cuando todo ha pasado, la noche parece ponerlo todo en marcha. Las estrellas van apareciendo en el cielo sin nubes y las luciérnagas comienzan a volar iluminando el claro en el que descanso. Pero con el Sol se ha ido también el último calor de la tarde y mi lecho ahora es frío y húmedo. Es hora de continuar mi viaje y buscar un lugar más cálido, así que dejo que las luciérnagas me guíen hacia unos sonidos lejanos que parecen provenir de una parte más profunda del bosque. Parecen voces, o tambores, o quizá flautas. O todo a la vez. Camino en su dirección y a través de los arboles veo el resplandor de llamas en lo que parece ser un claro.

Cuando llego, alegres hogueras arden en esta noche sin luna y a su alrededor veo caras familiares riendo, hablando, bebiendo y bailando al son de la música que tocan algunas de ellas. Mis brujas me miran, me estaban esperando para celebrar la magia de la noche. Para rendir culto a la Oscuridad con la Luz del fuego.  Para alejar la tristeza con nuestra risa. Para sacudirnos la rutina con bailes bajo las estrellas. Para recordar quiénes somos mirándonos una a una a los ojos y reconociendo la divinidad que todas llevamos dentro.  Me estaban esperando para repetir palabras que han viajado a través de los siglos y llamar a Diosas que nunca se marcharon. Para despertarlas en nosotras y recordar que estamos hechas de raíces y ramas. Raíces que nos conectan con el corazón de la Tierra y ramas que nos elevan hasta las estrellas. Raíces y ramas que nos unen a todas en un bosque de recuerdos ancestrales. La sangre que corre por nuestras venas es la savia de la que fluyen las enseñanzas de nuestras antepasadas. Antiguas Diosas, Ancianas sabias, Niñas de luna y bosque. Mujeres eternas que viven en nosotras. A través de nosotras.

Esta noche hay chispas de magia en el aire y nosotras danzaremos con ellas hasta el amanecer.

Suspirando regreso a esta oficina sin ventanas ni sol. Sonrío porque, aunque a veces se hace duro y echo de menos la vida fuera, soy capaz de escapar de aquí y volar. Volar a otros mundos, volar a momentos de mi pasado y volar sobre todo al futuro, porque sé que me esperan muchos días de perderme entre la niebla, muchas tardes doradas esperando lánguidamente al crepúsculo. Me esperan cientos de noches de magia, de hogueras y música, rodeada de brujas y Diosas. Siendo Vida.

Y aunque este lugar sea oscuro, cerrado y frío, también está  lleno de magia.

Porque en él estoy yo.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

El bosque de las brujas

Sabina Autor: Jorge Domingo rasoner.wordpress.com

Sabina
Autor: Jorge Domingo
rasoner.wordpress.com

Desde siempre la humanidad lo ha reverenciado, ha sido fuente de alimento, de cobijo, de calor y leyendas. Pero fue a partir de la Edad Media cuando el bosque adquirió las connotaciones sobrenaturales que se le asocian desde entonces. Es durante los largos siglos medievales cuando las personas se van alejando de la naturaleza y rompiendo la relación anterior de pertenencia que tenían con ella para sustituirla por una relación de dominio. En aquellos días, el bosque constituía la frontera entre la civilización y lo indómito y salvaje.  La seguridad y lo “conocido” terminaban en el último punto iluminado de la aldea o la granja. A partir de esa linde, de ese límite, comenzaba el mundo  de lo misterioso y lo desconocido. Un mundo oscuro en el que habitan rebeldes, forajidos, ladrones y asesinos. Parias desterrados de la sociedad. Pero también un mundo de monstruos, de ogros, orcos, trasgos… de criaturas mágicas como hadas y duendes. Como las brujas, formando parte de ambos grupos al mismo tiempo. Miembros de la sociedad pero rara vez aceptadas. Mujeres y humanas pero rodeadas por un halo fantástico.  Fue entonces cuando todo lo que siempre había formado parte de la naturaleza pasó a ser considerado “sobrenatural”, incluidas nosotras.

Pero el bosque nos llama a todos, y a pesar del temor a lo desconocido, la atracción que ejercía sobre las gentes no disminuyó. El bosque se convirtió en el refugio de los amantes,  en lugar de encuentro con seres legendarios: benevolentes gnomos, hermosas mujeres hechizadas que el aventurero debía desencantar o sabias ancianas que aconsejaban qué camino tomar a los héroes de las historias. Además, el bosque era el sustentador que proveía al hombre de madera, alimento, sanación… Siempre hubo una relación de atracción y rechazo que podemos extrapolar a las brujas. Atracción por nuestro poder (basado en el conocimiento), rechazo por ser distintas. Mientras las gentes comunes sentían temor y respeto por el bosque, nosotras formábamos parte de sus habitantes porque mientras los demás procuraban no adentrarse en sus profundidades tras el crepúsculo, nosotras nos sentíamos seguras en él, protegidas, y como ya dije en otra ocasión, sabíamos que el único peligro que encierra, viene de la mano de otras personas.

Cualquiera que haya pasado tiempo en ellos sabe que el bosque está vivo. Que tiene un lenguaje propio compuesto de crujidos de ramas,  del viento soplando a través de las hojas, de pisadas sobre la hojarasca, del roce en la vegetación provocado por movimientos furtivos… un lenguaje que nosotras conocemos. Y también sabemos que tiene una conciencia propia. Cuando entras en un bosque antiguo, apenas tocado por la presencia del hombre, sientes que no estás sola. Algo te observa, en silencio, callada pero insistentemente. Una presencia casi familiar, jamás hostil (siempre y cuando respetes su mundo), protectora casi. Muchas mitologías europeas hablan de este ser, el Hombre Verde en los bosques célticos insulares, el Musgosu en Asturias, el Basajaun en Navarra aquí en la Península,…  El Guardián de la floresta y sus habitantes.

Cuando voy a perderme entre sus árboles y sendas, siempre toco el primer árbol. Poso mi mano sobre su corteza rugosa y cierro los ojos. Siento en él el espíritu de la Driade que lo habita.  Siento el paso del tiempo creando los anillos de su tronco, la salvia de su sangre recorriendo sus ramas dotando de vida las hojas nuevas. Siento sus raíces clavándose en la tierra, expandiéndose y conectándose con las raíces de todos los demás árboles, convirtiendo el bosque en un único ser, una única presencia, una conciencia compuesta de vida y de tiempo.

Cuando entro, puedo sentir esa vida a mi alrededor casi como un abrazo, algo que me envuelve y me da la bienvenida. Siento la esencia del bosque, del Hombre Verde, de la Diosa Madre en toda su plenitud y más fuerte que nunca. Siento una energía antigua y sagrada,  una atmósfera cargada de magia, de calma y pertenencia que me sobrecogen. El bosque es mi templo, porque es en él donde más fuerte siento mi propia divinidad. Siento la presencia de otras brujas que caminaron por ellos siglos antes que yo, recogiendo hierbas para sus hechizos, haciendo viejos rituales a la luz de la Luna Llena, cerrando los ojos como yo y sumiéndose en un estado de comunión con la naturaleza que pocos entienden. Una conexión tan intensa que a veces siento que algún día echaré raíces que se conectarán con las de los otros árboles y me convertiré en parte de él. Una guardiana más del bosque viendo pasar los siglos.

Cuando cierro los ojos, toco al árbol y le pido al bosque permiso para entrar, una brisa ligera proveniente del corazón de la espesura se enrosca por mi cuerpo al tiempo que una corriente de energía penetra en mí desde mis pies y mis manos.  Una energía cálida y acogedora que me da la  bienvenida y me dice: Por fin estás en casa, hace mucho que te esperábamos.

Sí, el bosque nos habla. Nos llama. A pesar de vivir en ciudades rodeadas de cemento y tecnología, las brujas llevamos su espíritu dentro, porque el alma de las brujas es como la del bosque, indómita y salvaje.

Mi alma está hecha de madera y bosques. De ríos lentos y oscuros de los que brotan brumas y leyendas. De crepúsculos eternos, umbrales entre ayeres y mañanas. De jirones de sueños y polvo de estrellas.

Mi mundo huele a sándalo. A especias cálidas y dulces. A musgo de bosque antiguo olvidado por el sol. A charcas escondidas de aguas quietas y verdes,  con líquenes y secretos ocultos en sus oscuras profundidades. A hiedras que envuelven troncos de árboles vetustos. A rayos de luna que se cuelan entre las ramas e iluminan claros encantados. A negra tierra mojada tras una tormenta en otoño. Mi mundo huele a sueños y secretos, al frescor de la sombra y a la calidez del atardecer.

Como para casi todas las brujas, para mí el bosque es mi hogar. No importa donde vivamos, en un pueblo, una ciudad, una metrópoli… las brujas llevamos el bosque con nosotras. Es parte de nuestra esencia, de lo que somos.

Tal vez por eso, en los viejos cuentos de hadas, a las brujas nos pintan verdes.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

 

Un poco de magia

Naturaleza mágica

Naturaleza mágica

(Por causas personales no he podido actualizar el blog tanto como me gustaría, pero mientras todo vuelve a la normalidad, recupero un antiguo texto publicado originalmente en el blog Liebanizate. Sé que muchas de vosotras no lo habéis leído, así que lo comparto para todas aquellas lectoras nuevas y para las antiguas que quieran volver a recordarlo)

Llego tarde al Sabat. Lo reconozco, soy una bruja impuntual, y cuando llego mis compañeros ya me están esperando. Afortunadamente ésta vez podemos celebrar el ritual al aire libre, junto a un río, en un pequeño claro del bosque.

La oscuridad es total, justo como debe ser, ya que hoy vamos a celebrar un ceremonia de destierro. Es Luna Oscura, el momento anterior a la Luna nueva y el bosque es un conjunto de sombras, pero no tengo miedo. ¿Cómo voy a tenerlo? Es a mí y a otras como yo a quienes se ha temido siempre. Somos nosotras quienes habitamos la oscuridad del bosque. Somos las brujas quienes conocemos los secretos de la Oscuridad. En realidad nunca hubo nada que temer, fueron la ignorancia y los prejuicios los que convirtieron el bosque, la noche y la oscuridad en algo maligno, algo poblado por monstruos, peligros y brujas. Las brujas no son peligrosas, nunca he visto monstruos, y el único miedo que he sentido en los bosques, ha venido de la mano de otras personas.

Antes de comenzar a prepararlo todo cierro los ojos y respiro. Huele a tierra húmeda, a brotes frescos, al perfume de flores nocturnas. El aroma de la noche me envuelve y penetra en mí, me trae el recuerdo de otros bosques, otros ríos, otras magias… fundiéndose con los de esta noche.  Respiro y escucho, oigo el fluir del agua del río, algunos sonidos de ramas mecidas por el viento y pisadas de algún animal nocturno.  Respiro y me siento parte de todo ello. Un habitante más del bosque formando parte de un conjunto natural e indisoluble.

Ahora abro los ojos y elevo la mirada volviendo mi atención hacia arriba. Hacia el cielo cuajado de estrellas, sin luna, hermoso y familiar. Lo he mirado tantas veces… Y recuerdo el lugar que ocupa la Tierra en éste cielo. Tan sólo uno más de los incontables planetas, estrellas y demás objetos cósmicos. Algo tan pequeño… tan perdido en la inmensidad… Pero tan importante a la vez…. Porque nosotros, los seres humanos, vivimos en él. Nosotros estamos aquí. Todas y cada una de las personas que pueblan el globo. Tan pequeñas y perdidas entre millones, tan importantes y únicas sólo por existir…

Mi atención vuelve al bosque, aún conectada a la Tierra bajo mis pies, y al universo sobre mi cabeza. Estoy centrada, entre la tierra y el cosmos. Uniéndolos en mí. Compuesta por los mismos elementos que la tierra y el cielo, parte de ello, pero única como ser.

Es momento de comenzar. Entre todos creamos un altar sobre la tierra y lo cubrimos con velas que darán luz y vida a nuestros propósitos, incienso que elevará nuestras peticiones y nos traerá el recuerdo de otras épocas y lugares, el pentáculo que simboliza el ciclo sin principio ni fin, los cincos elementos que lo componen todo y  otras herramientas de brujas de las que ya os hablaré mas adelante.

Cuando todo está en su lugar, uno de nosotros comienza el ritual creando un círculo alrededor.  Yo me vuelvo hacia el Oeste. Como casi siempre, me toca invocar al elemento agua. Para ello imagino un lago tranquilo y sereno bajo cuya superficie duermen secretos, emociones ocultas, sentimientos negados… a continuación una playa a la que llegan calladas olas que recogen lo que deposito en la orilla y se lo llevan, dejándola limpia y nueva. Visualizo ríos que lavan las riveras, glaciares antiguos y pozas de aguas termales, cálidas y sulfurosas.  Invoco al agua para que ésta noche seamos capaces de bucear en nuestras emociones más profundas e identificar cuales son las que nos perjudican, qué barreras mentales nos ponemos a nosotros mismos y nos impiden avanzar. Qué lastres arrastramos y nos mantienen estáticos, tristes, incapaces de vivir hacia adelante.

Una vez mis compañeros han invocado al Este-Aire, Sur-Fuego y Norte-Tierra,  invocamos a la Diosa, ésta vez en su aspecto oscuro, Bruja Sabia que ésta noche nos ayudará a limpiar de nuestra vida todo lo que ya no necesitamos, lo que nos hiere o bloquea el camino. Nos enseñará a dejar ir todo aquello que nos perjudica pero a lo que nos aferramos desesperadamente. Nos enseñará a dejar marchar, a hacer espacio para todo lo que debe venir. También invocamos al Dios, Señor salvaje de la Naturaleza, para que nos ayude con su fuerza y su empuje. Porque dejar marchar cosas, pensamientos, acciones, personas… a veces requiere mucha fuerza y voluntad.

Los invocamos para despertarlos en nuestro interior, ya que nuestros Dioses no habitan un espacio lejano desde el cual nos observan. No. Los Dioses de las brujas viven en nuestro interior, en la Tierra, en el Universo. Ellos mismos son creación y creadores. Y cada ser humano posee una chispa divina. Cada uno de nosotros lleva parte de su espíritu en nuestro interior. Por eso en los rituales nos conectamos con todo y nos volvemos hacia nosotros mismos para honrar a nuestros Dioses.

El fuego arde dentro de un gran caldero en el centro del círculo y  giramos a su alrededor mientras uno de nosotros crea un ritmo constante con el tambor. Miramos las llamas, purificadoras y vivas, que convertirán en ceniza que se llevará el viento todo lo que nos atormenta. Cada uno lleva en las manos una cestita llena de papeles doblados, en los que hemos escrito lo que queremos desterrar. Miedos, inseguridad, dependencia emocional, culpabilidad, pesimismo, pobreza, furia, ira… Según giramos vamos arrojando los papeles al fuego mientras pronunciamos en voz alta el nombre de aquello de lo que nos estamos liberando. Al nombrarlo lo hacemos real, lo reconocemos y nos hacemos conscientes de ello. También lo compartimos con los demás. Lo vemos arder sintiendo cómo nos abandona, visualizando como es nuestra vida sin ello y nos comprometemos a actuar en consecuencia evitando que vuelva. Hay objetivos de todo tipo: dejar de fumar, tener fuerza para alejar a una persona perjudicial, vencer la desesperación de no encontrar un trabajo, dejar de pensar que todo saldrá mal…

Cada vez giramos más y más rápido y cada uno grita sus palabras más alto, quemamos ruda, romero, angélica y otras hierbas que dan fuerza a nuestros propósitos arrojando puñados que las llamas engullen. Y giramos, hasta que en un momento dado el tambor calla, nosotros callamos y dejamos de girar agotados. Hemos entregado a las llamas regenerativas del caldero lo que nos bloquea y ahora agotados y vacíos compartimos comida, bebida, palabras y confesiones.

Muchas veces bromeamos diciendo que, en realidad, los rituales y ceremonias son sólo la excusa para la comida de después, porque a las brujas les gustan los banquetes. Mucho. Cada una lleva algo preparado por ella misma (cuando el tiempo y la economía lo permite), y son alimentos de temporada, naturales, para recordar que la Madre Tierra nos nutre. Mientras comemos compartimos nuestra vida; qué sentimos, cómo nos van las cosas, cuales son nuestros miedos y esperanzas. Creamos unos lazos de confianza y compañerismo muy intensos. A veces lloramos, y nunca oiréis a una bruja decir: no llores… Al contrario, una bruja te dirá: Venga, llora. Porque las lágrimas limpian y curan. Las de alegría, las de tristeza, las de emoción… todas te sanan por dentro.

Cuando terminamos y recogemos, regresamos a casa. A nuestras vidas cotidianas en las que somos estudiantes, bailarines, maestros, abogados, empresarios, teleoperadores, pasteleros, madres, padres, hijos, parejas… Personas reales que caminamos y vivimos a vuestro alrededor, más cerca de lo que pensáis. Pero regresamos a casa sabiendo que trabajamos para ser personas mejores y para tener vidas mejores.

De camino a casa miro al cielo, oscuro hoy. Pero mañana la Luna será nueva, veremos apenas una pequeña parte de ella, pero será un nuevo comienzo. Las mareas lunares traerán un tiempo de inicios, de llegadas, de cosas que empiezan. Porque vivimos en un ciclo eterno, la Rueda nunca deja de girar y se que he elegido vivir mi vida con optimismo. Al ser consciente de lo que me perjudica tomo fuerzas para cambiarlo y continuar hacia adelante. Esa es la verdadera magia. Ese es el secreto de las brujas, encontrar la fuerza  dentro de ti para cambiar tu vida.

Porque la magia nunca ha estado en otro sitio.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Contacto

hyedra.deduir@yahoo.es
A %d blogueros les gusta esto: