¿Me acompañas este verano?

Un verano embrujado

Hoy comienza el verano, hoy es el primer día de una larga cadena de días cálidos, luminosos y largos. El verano siempre es una época compleja, ofrece libertad pero a veces no podemos disfrutarla. Hay sol, pero a veces hace demasiado calor para aprovecharlo. A veces ofrece tiempo libre, pero no sabemos a qué dedicarlo. Si queréis que este verano sea diferente, si queréis vivirlo desde los ojos de una bruja, os invito a acompañarme durante estos dos meses. Os ofrezco un viaje a través de un verano embrujado.

Esta vez es un verdadero taller y no un curso, porque, aunque vamos a aprender algunas cosas, está pensado sobre todo para disfrutar. Van a ser 8 semanas llenas de actividades de celebración del verano estéis donde estéis. TOTALMENTE ONLINE. Os cuento.

Cada semana habrá un tema central alrededor del cual girará todo lo demás, y dentro de ese tema hablaremos de magia y hechizos, de leyendas, de nuestro viaje espiritual, de los misterios de la mujer, de la luna, los elementos, Diosas relacionadas con la estación y mil cosas más. Vamos a descubrir la magia de las estrellas, a encontrar la canción del silencio, nos haremos amigas de las olas y los remolinos de las charcas y lagunas, vamos a hacer pactos con el fuego y le contaremos algunos secretos al viento. Vamos a bailar, mucho. Y vamos a reír, mucho también. Vamos a saborear la vida y atrevernos a hacer cosas que nos harán cosquillas en el estómago. Haremos hechizos desnudas y conjuraremos a la luna para que sea nuestra cómplice.

Será un viaje para conectar con el verano y con nosotras mismas y disfrutar de este momento del año de una forma mágica y especial. Este viaje tendrá varias etapas que descubriremos semana a semana.

  • Semana 1. Conectando con el verano
  • Semana 2. La magia de la quietud
  • Semana 3. La bruja exploradora
  • Semana 4. Buscando la belleza
  • Semana 5. El despertar del deseo
  • Semana 6. Creando nuestra realidad
  • Semana 7. La danza del fuego
  • Semana 8. Despidiendo al verano

Habrá muchas risas, muchos juegos, mucha sensualidad, sexualidad y placer, muchos hechizos y rituales y espero que muchos momentos en los que os detendréis, cerraréis los ojos y daréis gracias a la vida por ser brujas. Al menos, eso espero, porque esta vez además de mostraros el camino, lo recorreré junto a vosotras, seré una más. Seremos un akelarre de brujas celebrando la magia del verano.

Empezaremos el viaje el lunes 9 de julio y terminaremos el viernes 31 de agosto.

Si quieres vivir este verano de manera diferente, embrujarlo y hacerlo inolvidable, escríbeme a hyedra.deduir@yahoo.es o déjame tu mail en los comentarios y reserva tu plaza.

Os espero para vivir dos meses de magia.

 

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Belleza embrujada

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Dentro de dos semanas comenzará este verano que se anuncia extraño con una energía extraña. Las ciudades empezarán a vaciarse y los lugares de veraneo se irán llenando de visitantes y turistas y nosotras, llevadas por el sopor de las horas más calurosas del día, nos dejaremos llevar por el ensueño. Cada una tendrá un lugar favorito donde desearía estar y pasar estos días: una hamaca colgada entre árboles junto a una casa perdida en el bosque, una playa íntima y virgen dejándose acariciar por la brisa del mar, una casita en un pueblo pequeño con vistas a las montañas, una ciudad llena de restos de otras épocas…

Pero si algo tienen todas en común, estoy absolutamente segura de que es la belleza. Todas ansiamos rodearnos de lugares resplandecientes de belleza, porque la belleza es una de las formas más poderosas de la magia, sobre todo, la magia que busca la felicidad y el amor.

Pero cuando hablo de belleza no me refiero a al típico canon estético que nos intentan vender a diario desde el mundo de la cosmética. No me refiero al ideal con el que nos bombardean desde revistas, el mundo de la moda o el cine. No. Me refiero a la belleza real, esa que nos sobrecoge y hace que algo dentro de nosotras se despierte y a veces hasta nos hace llorar de emoción. Esa belleza que a veces es explosiva y evidente y otras veces es tan sutil que no la percibimos hasta que, de repente, se hace visible y nos golpea con toda su fuerza y nos deja sin aliento. Esa que nos conmueve de tal forma que nos corta la respiración y nos hace volvernos emocionadas a quien está a nuestro lado y preguntar sorprendidas: ¿Pero es que no lo ves?

Esa belleza es la energía de la tierra, la magia, manifestándose. Puede ser un paisaje que hemos visto mil veces, pero que cobra todo su significado en un momento determinado y nos cambia para siempre. Puede ser un lugar donde la naturaleza ha desplegado sus mayores maravillas y embruja al mundo. Puede ser un gesto en una persona amada, una mirada, un tono de voz. Tal vez una melodía que se clava en nuestra alma y se convierte en la banda sonora de nuestra vida, o un desconocido con quien un día te cruzas, reconoces su alma y eres capaz de recordar mil vidas a su lado mientras pasáis uno junto al otro para después continuar andando sabiendo que jamás volveréis a veros en esta vida, todo ello en un segundo. Puede ser la risa de un niño en la que descubres el sentido de la felicidad, o una lágrima solitaria vertida por un recuerdo. La belleza, la verdadera belleza se manifiesta de múltiples formas y nos habla a cada una en nuestro propio idioma. Porque la belleza, más que algo físico, es un sentimiento. Es nuestra reacción a la combinación de estímulos externos. Y no todas reaccionamos igual, por eso la belleza es diferente para cada una.

Y si hay algo que aporta belleza a un objeto, a un entorno o persona, es un significado. Imaginad un lugar árido, gris, sin luz, cubierto de cemento y hormigón, sin vida. Sin magia. Y en medio de ese lugar sin alma, a través de una grieta, la vida se ha abierto camino y ha brotado una flor, una simple flor silvestre. Pequeña, frágil, solitaria. Pero tan poderosa que ella sola consigue cambiar todo lo que le rodea. Porque más allá de su aspecto físico, de su tallo verde y curvo, de sus pétalos pequeños y coloridos y su aroma leve y sutil, contiene el espíritu de la vida entera. De la esperanza y la promesa del futuro. Y por eso nos puede conmover hasta las lágrimas.

Esa es su belleza.

Todas sabemos lo que es el Universo, la miríada de galaxias que lo componen, los millones y millones y millones de estrellas que iluminan el firmamento, algunas muertas mucho antes de nacer la humanidad y cuya luz aún recorre el espacio. Todas sabemos que somos apenas un puntito invisible en la inmensidad de todo. Que jamás llegaremos a conocer ni una mínima parte de todo ello y que ahí fuera solo hay frío, oscuridad y el fuego que anima el corazón de los cuerpos celestes. Todas lo sabemos. Pero es en esas largas noches de verano, cuando nos tumbamos en el suelo y nos permitimos mirar hacia arriba y perdernos en la inmensidad, cuando comprendemos la grandeza de todo y su belleza. Cuando nos permitimos mirarla.

Y es que, a veces, nos cerramos a ella. Nos han inculcado una idea de lo que debe ser. De lo que debemos considerar bello. Y nos movemos por la vida sin apreciar nada más, sin detenernos a escuchar nuestra melodía interior que responde a la tenue melodía que la belleza emite y que complementa a la nuestra. Lo que hoy día se considera hermoso es evidente. Es una perfección casi agresiva e, incluso, opresiva. Es una belleza agobiante, y rápida. No se nos da tiempo para asimilarla, no hay tiempo para descubrirla. Por eso debe ser tan evidente, tan expuesta. Sin misterio. Y sin misterio, esa hermosura no dura. Se desvanece. Porque el verdadero sentido de la belleza no es meramente estético, no consiste en “ser bonito”. El verdadero sentido de la belleza consiste en hacernos sentir, en emocionarnos, en transmitirnos un mensaje.

Todas conocemos a mujeres muy bellas, de esas que parecen albergar todos los dones genéticos del mundo, pero su personalidad, su voz o su forma de ser son vacíos, sin significado, sin misterio. Y esa belleza tan obvia y evidente llega a resultar desagradable. Por el contrario, hay personas que a simple vista parecen anodinas. Tan comunes que no se distinguirían entre una multitud y, sin embargo, a veces, un brillo especial en la mirada, una inflexión particular en su voz, una sonrisa cargada de matices… hacen que jamás podamos olvidarlas. Su misterio personal las convierte en las más bellas del mundo.

Y la belleza de la naturaleza consiste en el mensaje velado que le envía a nuestra alma. Y cuanto más mágicas somos, cuanto más estamos acostumbradas a sentir la magia de la tierra, más bello nos parecerá el mundo. Porque lo comprenderemos. Porque viviremos inmersas en su misterio. La belleza misma es un misterio que jamás dejará de afectarme. Personalmente me emociona hasta el punto de llegar a llorar para liberar un poco de toda esa emoción. Y a veces me siento tan afortunada, porque estoy rodeada de tanta belleza… mi mundo es tan bello… Como el de todos los demás. Sólo hay que saber verlo.

A lo largo de mi vida he encontrado la belleza en mil lugares y cosas distintas. He aprendido a abrirme a ella. Un domingo del año pasado tuve uno de esos momentos en mi vida absolutamente perfectos: regresaba del Templo a casa en tren e iba escuchando música. Hay canciones que tocan el fondo de mi alma de una forma especial y, en un instante, todo se unió para hacerme vivir un momento casi de éxtasis. Eran las 9 de la tarde, en plena hora dorada y una canción empezó a escucharse por los auriculares mientras los rayos del sol que entraban por la ventana lo teñían todo de oro y podía ver los campos extenderse en el horizonte hasta las montañas de la Sierra del Norte de Madrid. Me dejé invadir por todo, la música, el cansancio plácido de un fin de semana repleto de magia, el balanceo del tren, el oro de la tarde y la belleza del paisaje. Una calidez nació en mi vientre y se extendió por todo mi cuerpo. Dejé de pensar y me limité a sentir… y la felicidad cálida de las cosas pequeñas me llenó. Sentí que, de algún modo, en otro mundo tal vez, ese momento había sido eterno.

En verano nos convertimos en buscadoras de belleza, por eso sufrimos cuando no podemos tomarnos un tiempo para ello, o no podemos marchar a nuevos lugares donde encontrarla. Pero si abrimos los ojos y nos proponemos encontrarla en lo cotidiano, en lo que nos rodea a diario, el mundo cambiará para nosotras.

Pero, además de la belleza que nos rodea, hay otra clase que a veces nos cuesta más encontrar. Hay un tipo de belleza que nos cuesta más reconocer, pero que es la que más anhelamos. Nuestra propia belleza personal. A menudo nos cuesta reconocer nuestra propia belleza porque no es la que se espera socialmente, no entra dentro del canon establecido y a veces nuestra relación con el espejo es muy difícil. Ahora, en verano, dedicamos nuestros días de vacaciones a buscar la belleza en los lugares que visitamos, aquellos a los que regresamos año tras año o en los que vamos descubriendo por primera vez. Coleccionamos recuerdo de paisajes hermosos, de momentos hermosos que rememorar durante el invierno. Porque en el verano, a pesar del calor y todo lo que ello conlleva, la belleza salta a la vista. Los campos dorados al atardecer, las noches de luna llena, los amaneceres rosados cargados de promesas… un bosque de luciérnagas… uno de los sueños de mi vida es vivir la magia de una noche de bosque y luciérnagas…

Aun así, nos cuesta encontrarla en nosotras mismas. En verano la ropa es más ligera, exponemos más nuestro cuerpo, somos más visibles. Y a veces, el nivel de exposición que requieren ciertos lugares, como la piscina o la playa, nos aterra y nos negamos a ello. Yo misma, durante muchos años, me negué uno de mis mayores placeres. El agua. Soy acuática por naturaleza. No puedo ver un río, un lago, el mar… sin sentir la necesidad inevitable de meterme dentro. El agua me llama con la fuerza de la sangre, no puedo negarme a ella. Y durante muchos años la evité por no enfrentar mi cuerpo sin ropa. Fui una niña muy delgada y me encantaba la sensación de libertad y ligereza de mi cuerpo. Más que correr, me encantaba trepar, sobre todo a los árboles de mi alrededor. La sensación era maravillosa.

Lo supe después, cuando mi cuerpo cambió con la pubertad, engordé y me volví torpe y pesada. Me sentía prisionera y no me reconocía en el espejo. Mis caderas se ampliaron mucho, mi pecho más. Me creció de forma desproporcionada para mi altura y dejé de ir a lugares donde mi cuerpo estuviera expuesto. Sufría lejos del mar, del agua… pero sufría aún más mostrando un cuerpo que no aceptaba como mío y que me impedía ser libre y ligera. Hasta que unos años después mi cuerpo y mis hormonas se asentaron y recuperé aquella ligereza. Lo primero que hice fue buscar un bikini e irme a la piscina, donde apenas dejé mis cosas en el césped, fui al borde y me lancé al agua sin pensar. Y me prometí a mí misma que jamás volvería a hacerme eso, jamás volvería a privarme de aquellas cosas que me hacen feliz sólo por no ser como la sociedad esperaba de mí. Y jamás lo he hecho. Mi cuerpo es un yoyo y no puedo depender de su peso o apariencia para vivir mi vida y disfrutar de mis placeres.

El mundo es una oferta increíble de placeres y sensualidad y no solo los que entran en el canon aceptado de belleza tienen derecho a ellos. El mundo es nuestro para disfrutarlo seamos como seamos. Nos lo merecemos. Y para poder disfrutarlo, primero tenemos que creerlo nosotras mismas. Y para creerlo tenemos que aprender algo: todas las personas de este mundo son bellas. Todas tenemos algo que destaca. Un cabello hermoso, una mirada espectacular, una piel suave, la curva de un hombro sexy, una cadera hipnótica. La belleza va mucho más allá de lo que percibe la vista. Un movimiento sensual puede enamorar tanto o más que una cara bonita. Una voz seductora puede hechizar más que unos labios carnosos. La promesa de un misterio por descubrir en los ojos de una mujer puede hacer perder muchas noches de sueño a quien la mira sin necesidad de pesar 50kg. Pero para hacer visible esa belleza, tenemos que aprender a reconocerla y potenciarla para poder mostrarla al mundo y decir: esa soy yo. Esa maravilla de criatura soy yo.

No hay nada que resulte más atractivo a los demás que la promesa de un secreto, que el atisbo de un misterio en los ojos o la sonrisa de otro. Y ese secreto, ese misterio, es la sabiduría de quienes somos y la magia que eso conlleva. Y cuando descubres ese misterio sobre ti misma, te enamoras de tal forma, que para ti no existe nadie más bello sobre la tierra.

En verano, es el momento perfecto para descubrir nuestro misterio, honrar nuestro cuerpo y descubrir nuestra propia belleza.

Por eso te propongo algo. Este verano vamos a dedicar los momentos libres que podamos a honrarnos y sucumbir al placer de la sensualidad. No hay nada mejor para conocer nuestra propia piel, que mostrarla. Vamos a intentar estar desnudas todo el tiempo que podamos.

Intenta dormir desnuda y sentir el roce de las sabanas en tu piel, o la brisa de la noche refrescando tu sudor. Camina por la casa, haz labores cotidianas desnuda y sé consciente en todo momento de cómo te sientes. Prueba a cubrirte con poca tela de diferentes texturas: un pareo de algodón cubriendo parcialmente tus caderas… algo suave de seda que roce tus hombros, tus pezones (tanto si eres hombre como mujer), cuando puedas mécete ante un espejo, baila contigo misma y sé consciente de tus movimientos.

Busca en tu cuerpo alguna parte que atrape tu mirada: la curva de la mandíbula, el cuello, tobillos, el empeine del pie, la curva del seno, la cadera… busca aquel rasgo que despierte tu atención… tus ojos, labios, la nariz… unas pecas en las mejillas… yo puedo pasar largos periodos de tiempo mirando mis ojos en el espejo, más allá de su forma y color, es la mirada lo que me fascina: entre divertida y misteriosa… a veces incluso me sorprende que esa mirada sea mía… observo mi ceja elevarse divertida mientras la mirada me dice: si tú supieras, si tan solo supieras todo lo que escondo aquí dentro… y lo bueno es que lo sé, porque esa es mi mirada. Y me hace sentir tanto…

Si estás en la costa, intenta bañarte de noche desnuda (si no es posible, con bañador). Disfruta del agua calma sobre tu piel, disfruta del silencio de la noche y las luces de las estrellas lejanas sobre ti. Deja que el mar te acaricie como un amante, o el río, o el lago. Al agua no le importa cuánto pesas, cuánto mides o tu edad. Al agua sólo le importa que una de sus Hijas ha decidido aceptar sus caricias.

Si estás en el bosque, haz lo mismo, pero sobre la tierra o el césped. Intenta ir a un lugar íntimo a una hora en la que sepas que no habrá nadie. Míralo como una aventura, prueba al amanecer o en la media noche. Deja que la oscuridad, la tierra viva o el roce de la hierba acaricien tu cuerpo desnudo. Aprecia como toda tu piel se convierte en un órgano vivo y pulsante que se estremece ante cada estímulo. Siéntete valiente, rebelde y atrevida.

Y durante el día, cada vez que lo recuerdes, tu mirada se llenará de ese misterio, de ese secreto que sabes tan solo tú. Que eres una criatura única, capaz de hacer el amor con la noche, con el agua, con la magia… y esa sonrisa de misterio será el secreto de la verdadera belleza.

Extracto del taller “Un verano embrujado”

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