Sintiendo la magia

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Desde que el mundo es mundo, las personas nacemos con diferentes dones y capacidades. Algunas nacen siendo artistas y dotan de belleza lo que les rodea, otras nacen con grandes mentes matemáticas con las que dan sentido a las leyes de la física. Hay otras que dominan las palabras y las lenguas y son las voces de aquellos que no tienen, y otras parecen ver en los corazones ajenos y sanarlos. Algunas personas pueden crear lo que se propongan con sus manos y otras capturan nuestros sueños en melodías y canciones. Algunas nacen destinadas a sanar los cuerpos de otros o para ser maestras de nuevas generaciones. Y otras nacen con la capacidad de sentir las fuerzas que se mueven detrás de esta realidad, de ver los hilos que lo conectan todo. Esas son las brujas.

Y al igual que no todas las personas pueden ser doctoras, o músicos o artistas, tampoco todas pueden ser brujas. Porque el don de la bruja, su habilidad, lo que la hace distinta de los demás, es precisamente eso, ser capaz de sentir esas fuerzas, esas mareas de energía que el resto no percibe.

Si bien es cierto que, si alguien estudia, se esfuerza y practica puede llegar a pintar de una forma aceptable, o a tocar un instrumento o saber expresarse bastante bien, también es cierto que nunca creará una obra de arte, nunca será capaz de escribir una canción que perdure y llegue a los corazones de quien la escuche o escribir un libro que se siga leyendo siglos después. En el caso de la magia ocurre lo mismo.

Una persona puede estudiar mil grimorios medievales, todas las correspondencias mágicas, todas las corrientes mistéricas. Conocer muchos saberes antiguos y dominar todas las técnicas. Puede aprender mil hechizos y mil formas de conjurar las fuerzas de la naturaleza. Puede saber exactamente qué hierba o piedra usar en cada ocasión. En qué momento del mes o del año y con qué viento es preferible hacer cierto ritual, pero, si a la hora de llevarlo a la práctica no puede sentir lo que se mueve detrás de todo lo que ha aprendido, todo ese conocimiento será inútil.

Aunque en este punto es importante diferenciar, porque, aunque muchas personas nacen sin la capacidad de sentir este otro mundo dentro del mundo, otras nacen con ella y viven y crecen sin saberlo, porque algo bloquea esa capacidad. A veces es la educación que reciben, o un trauma infantil, o simplemente miedo a lo que no comprenden. Pero si en algún momento de su vida consiguen desbloquearlo y se permiten a sí mismas sentir sin miedo, el mundo cambia para ellas, se vuelve más grande, más brillante, más real.

Porque la fuerza que mueve la magia, lo que hace que todos los elementos de un hechizo cobren vida y aporten su poder al encantamiento, lo que hace que la magia funcione, es la voluntad de la bruja y su capacidad de unir esa voluntad a la energía de los elementos, a las fuerzas que habitan en la naturaleza. Y para poder hacerlo, la bruja tiene que sentir esas energías y esas fuerzas. La magia se basa, por encima de todo lo demás, en ser capaz de sentir. Y nadie puede enseñar a otros a sentir.

Podemos aprender todas las propiedades mágicas de un árbol, las leyendas que se cuentan sobre él, cómo crece, dónde, sus necesidades, qué partes de él se usan para según qué magia… pero si no conseguimos sentir el alma del árbol, al espíritu que habita en su interior, si no conseguimos sentir la energía que recorre sus raíces y diferenciarla de la que recorre su tronco o sus ramas, nos resultará muy difícil utilizar sus dones en nuestros hechizos.

Podemos conocer al aire, el fuego, el agua y la tierra y sus propiedades, pero si no conseguimos sentir su esencia y reconocerla en nosotras, no podremos dotar a nuestros hechizos de su poder. Podemos aprender muchos de los 10.000 nombres de la Diosa y muchas formas de invocarla, pero si no podemos sentirla, despertarla en nosotras, ese conocimiento no la traerá. Podemos saber que nos movemos entre los mundos, fuera del tiempo y el espacio, pero si no podemos sentir esos límites, si no somos capaces de sentir el río del tiempo ni ver los hilos del tapiz de la Diosa, no podremos moverlos en nuestros hechizos.

Y tampoco comprenderemos todo el poder que existe en algo tan sencillo como dibujar un símbolo en el aire, porque no podremos ver todas las fuerzas que se mueven detrás de un gesto tan inofensivo en apariencia.

Y aunque una bruja puede enseñar a otras todo su conocimiento aprendido, jamás podrá enseñarlas a sentir. Si alguien no siente el poder inmenso que hay tras el primer rayo de sol del amanecer, si no siente las pulsaciones del latido de la tierra cuando la toca, si no es capaz de ver el nexo que une todo lo que compone la creación, nadie puede enseñarle a hacerlo. Una bruja nace sintiendo que este mundo es más grande de lo que parece y vive toda su vida aprendiendo a moverse y trabajar con las fuerzas que lo rigen.

Y con toda la tristeza de su corazón aprenderá que, si otros no pueden sentirlo, ella no podrá enseñarles. Y aprenderá a aceptar que eso tampoco es malo, sino que simplemente,  su destino es otro.

 

Hyedra de Trivia

 

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La bruja y la Muerte

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Imágen de Amanda Clark

 

Se acerca Samhain y este año percibo su energía con más fuerza que otras veces. Tal vez sea por este Octubre regado con lluvias otoñales o porque mi vida éste año ha estado marcada por varios ritos de paso que me han hecho atravesar muertes y renacimientos, umbrales entre lo que he sido hasta hace poco y lo que soy ahora. Y aquello en lo que me estoy convirtiendo. No sé exactamente por qué, pero Samhain ya está casi aquí para mí y llevo unos días meditando sobre su influencia en las personas, y en especial en nosotras, las brujas.

Esta noche está asociada sobre todo a la Muerte: la muerte de una época, de un ciclo, de la vida de seres humanos… es el Gran Umbral. Y como caminantes entre los mundos, las que vivimos en un eterno umbral somos las brujas. Tal vez por eso ésta sea, entre todas las festividades paganas, la más relacionada con nosotras.

Este año coincidirá más que nunca con nuevos inicios en mi vida, pero, como cada vez que comienzo algo nuevo, por mi mente rondan aquellas cosas que tuve, que viví, que amé… todo lo que murió para dejar espacio a lo nuevo. También personas a las que quise muchísimo y hace tiempo ya que cruzaron el velo. Y su recuerdo me coloca ante una de las situaciones más duras del aprendizaje de la bruja. La aceptación y comprensión de la Muerte.

La Muerte no es más que una parte de la Vida. Todo es un ciclo eterno sin fin, en el que viviremos, moriremos y retornaremos de nuevo. Las personas que amamos volverán a este mundo y nos encontraremos con ellas en muchas vidas compartidas. La muerte entonces no es más que el principio de un nuevo viaje, donde por fin comprenderemos el sentido de todo, encontraremos las verdades que buscamos y tendremos acceso a la sabiduría final. Por ello para nosotras la muerte es solo un paso más, algo que celebramos recordando a la persona amada fallecida y deseándole un buen viaje hasta que volvamos a encontrarnos. Esa es la lección. La teoría.

Pero cuando alguien a quién amamos fallece ¿Qué hacemos con la pena que nos desgarra el alma? ¿Qué hacemos con la sensación de vacío? ¿De pérdida insondable? ¿Y si la muerte fue agónica, o demasiado temprana, o demasiado imprevista, o simplemente demasiado? ¿Cómo encajamos nuestra teoría de lo que es la muerte con su presencia real en nuestras vidas? ¿Cómo vamos a celebrar algo que en ese momento solo podemos odiar?

Porque cuando nos toca muy de cerca o de una forma demasiado atroz, todos odiamos a la muerte. Todos deseamos que no nos roce, que no nos toque, que respete a aquellos a los que amamos. Recientemente falleció un familiar de un amigo y fuimos a acompañarle al tanatorio. Pasamos delante de una sala donde la gente sonreía y charlaba animada. Recuerdo que comentamos la diferencia entre unas muertes y otras y cómo afectaban a la gente. Cuando fallece una persona mayor o tras una larga enfermedad, se vive como algo esperado, inevitable y a veces hasta un alivio. Pero cuando muere alguien joven, o un niño, o alguien que no se esperaba que tuviera un fin prematuro, todas nuestras convicciones se tambalean y nos planteamos la injusticia de la muerte. Nos rebelamos. Hay que tener una fe inquebrantable y con raíces muy profundas para aceptar serenamente la muerte de un niño, o de alguien en la flor de la vida, y más aún cuando muere de forma traumática. Nos preguntamos cual es el sentido, cuál es la razón…

Y automáticamente pensamos en toda la vida que tenían por delante, en el dolor que dejan atrás, en las vidas vacías sin su presencia. En las incontables noches en blanco que otras personas afrontarán recordando su pérdida. O en las nuestras, en las lágrimas que derramaremos por alguien que ya no está, que no podrá vivir, que no podrá reír, soñar, amar de nuevo… en esta vida. Porque las brujas creemos que volveremos, pero en el dolor de la muerte, como cualquier otra persona, sólo somos capaces de pensar en ésta, en la que nosotras aún estamos, pero en la que ellos ya no están. Y en ese momento a veces dudamos, porque es humano dudar, y porque esa duda responde al amor que hemos perdido.

Pero un día, con el tiempo, comprendemos que nuestra fe regresa. Que el dolor sigue ahí pero ya podemos vivir con él. Nos reconciliamos con la Muerte y comenzamos a celebrar la vida de aquellos que se fueron, y prometemos vivir la nuestra conscientemente en su recuerdo. Y llega un Samhain en el que la pena es lo suficientemente suave como para permitirnos celebrar el banquete de fin de año, y colocar un plato en la mesa para esa persona que puede que hoy regrese durante unas horas a nuestro lado. Y al día siguiente, la vida continuará, porque la vida siempre continúa para aquellos que se quedan.

Las brujas conocemos muy bien el dolor, la pena y la pérdida y las sufrimos como todos los demás, pero también conocemos la otra cara de la muerte. Y eso nos ayuda a comprender el dolor y la pérdida de otros. Pero también por eso, las brujas no adoctrinamos, no juzgamos ni intentamos minimizar los sentimientos del que sufre, simplemente acompañamos su dolor y les apoyamos en su tristeza.

Este Samhain celebrad la vida, organizad una fiesta e invitad a aquellos que ya partieron a compartirla con nosotros, pero si en algún momento la tristeza os invade y su marcha os parece injusta, no pasa nada. Dejad que vuestras lágrimas fluyan, recordad lo mucho que les amabais y dad gracias por haber coincidido con ellos en esta vida.

La pena es sólo reflejo del amor y algún día volveremos a encontrarnos.

 

Hyedra de Trivia

 

 

 

 

La Bruja ha vuelto

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Hace meses escribía que mis pies de bruja nómada se sentían inquietos porque llevaban mucho tiempo parados, y dicho y hecho, cuando una bruja pide, obtiene, así que la espiral de mi vida giró hacia una época de maletas, aeropuertos, carreteras y aventuras. Y al mismo tiempo que cubría distancias físicas, mi alma cubría distancias espirituales. Porque como dice mi querida Mariam Cárcel, también se puede viajar sin moverse del sitio y algunas experiencias son verdaderos viajes para el alma.

Avalon fue el primero de todos esos viajes y os confieso que me ha cambiado. No sé de qué otra manera explicar lo que hizo conmigo porque fui siendo Hyedra y regresé siendo más Hyedra aún y al mismo tiempo menos. Encontré allí una parte de mí que siempre eché de menos. Tal vez por eso anhelaba ir. Tal vez por eso soñaba con regresar a mi hogar, porque una parte de mi me estaba esperando allí, en casa. Y regresé trayendo conmigo esa parte, pero dejé allí otra aún mayor, y sospecho que cada vez que regrese, la parte de mí que se quede allí será más grande y para poder estar completa tendré que regresar una y otra vez a lo largo de mi vida. Tal vez ese es el hechizo de Avalon, robarte un pedacito de alma cada vez que vas.

Pero para ser sincera he de confesar que me costó conectar con su energía. El primer día me sentí desconectada, perdida. No lo conseguí hasta que dejé de buscar lo que esperaba, la imagen que yo tenía, lo que yo quería que fuera. Hasta que no dejé toda idea preconcebida aparte y me abrí al verdadero Avalon, no pude sentirlo. Pero cuando el velo de irrealidad cayó de mis ojos y pude ver… la vida cambió para mí.

Y lloré, dentro de mi lloré por una época que no puede regresar, por unos ideales a los que cuesta tanto volver, por todo lo que se ha perdido y no podremos recuperar. Esa era la idea que no dejaba de repetirme por dentro y me llenaba de tristeza: se ha perdido tanto, tanto…  Avalon me ha cambiado porque ha roto las fantasías idealistas que antes me impulsaban. Ahora sé que jamás volveré a mi hogar porque no está en esta época, ni siquiera en este mundo. Pero también me enseñó todo lo maravilloso que aún permanece y fue cuando estaba sentada en los jardines de la Abadía, cuando toqué la tierra y ésta respondió a mi llamada. Vibrando suavemente bajo mi palma, ascendiendo por mi piel hasta que tocó mi corazón y rompió la venda que no me permitía ver, sentir, el verdadero Avalon, el que yace bajo esas calles, esos cimientos, bajo la cristiana torre del Tor que no ha podido cerrar el vórtice de poder de la colina. Comprendí que Avalon es la tierra que hay debajo y el espíritu antiguo que la habita, esa tierra regada con la sangre de mil generaciones que han muerto en ella o soñando con ella. Es la promesa de que, aunque el tiempo pase y las sacerdotisas de hoy no vivamos en cabañas a los pies de la colina, seguimos siendo las mismas. Regresando con otros rostros, otras ropas, otros idiomas y razas, pero aún continuamos allí. Viajando desde todos los rincones del mundo respondiendo a la misma llamada.

Cuando levanté la vista y volví a mirar, creí que todo a mi alrededor había cambiado, pero en realidad la que había cambiado era yo misma. Las nieblas se habían abierto para mí y ahora podía ver. Todo brillaba, todo estaba conectado con el pasado de una forma que no había sentido casi en ningún otro sitio antes. Árboles centenarios, piedras vetustas. Nombres que han cruzado el tiempo de leyenda en leyenda y de época en época. Y vi, vi la magia que envuelve a la ciudad, a sus gentes, a las sacerdotisas de una Diosa que sonríe desperezándose de un largo sueño y que abre sus brazos a todos aquellos que la buscan, que la llaman entre la niebla.

Durante los días que permanecí en esa tierra mágica, viva y palpitante, viví como si antes hubiera estado dormida y aquello fuera mi verdadera vida, la real, la despierta. Y comprendí otro de los grandes secretos de las brujas. La magia siempre está ahí, brota de la tierra de una forma sencilla y continua. Lo rodea todo y a todos. Es cierto que en algunos sitios es más fuerte, más pura y más evidente, pero está incluso en aquellos lugares donde jamás la buscaríamos, porque es el pulso de la Tierra. Y a veces la idealizamos tanto, esperamos tanto de ella, la imaginamos tan espectacular, tan grandiosa, tan parecida a lo que aprendimos en los cuentos, que a pesar de tenerla delante no podemos verla. Porque no queremos verla. Pero la magia no es un cuento al igual que tampoco lo somos las brujas. Debemos dejar de idealizar y esperar un suceso milagroso o una visión de luces cegadoras. Debemos dejar a un lado nuestras expectativas, debemos dejar de intentar que las cosas sean como queremos para aprender a aceptarlas como son. Porque puede que esperemos un trueno que anuncia una gran tormenta y por ello no advirtamos la brisa que levanta el aleteo de una mariposa.

Cuando dejé Avalon lo hice sabiendo que regresaré, una y otra vez, porque esa brisa de mariposa me ha atrapado de una forma que a lo mejor una tormenta no hubiera conseguido. Me ha hechizado su sutileza, la belleza que radica en las raíces antiguas y, sobre todo, me ha hechizado la sensación de que si hay un lugar en el mundo al que pertenezco, es a aquella colina que una vez fue una isla y a sus manzanas y Diosas talladas en piedra.

Aprendí que, como todo en la vida, encontré mi hogar, encontré mi Avalon, cuando dejé de buscarlo como yo lo esperaba y me permití sentirlo tal como era.

Bienhalladas seáis todas.

La bruja ha vuelto.

 

Hyedra de Trivia

 

 

 

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