Hija de la Tierra

The Wish Amanda Clarck

The Wish
Amanda Clarck

En los albores de la Historia de nuestra especie, la Humanidad se movía continuamente buscando el alimento que la mantenía con vida. Tenían refugios estacionales, sí, pero su día a día consistía en moverse, en desplazarse por amplios territorios en busca de caza, de vegetales y frutas que les garantizara seguir vivos un día más, y casi siempre cremaban a sus muertos o los dejaban sobre riscos para que las aves sagradas los llevaran con ellos hacia el mundo de los Dioses, mientras ellos continuaban adelante. Siempre hacia delante.

Con el tiempo y el descubrimiento de la agricultura, las personas dejaron de necesitar ese continuo vagar porque ya podían almacenar lo necesario para vivir y empezaron a vincularse a un territorio en concreto. Empezaron a construir los primeros asentamientos estables, desarrollaron un sentimiento de pertenencia y propiedad hacia el espacio que les rodeaba y  echaron raíces al enterrar a sus muertos en esa tierra que habitaban y que les alimentaba, convirtiéndoles así en semillas que retornaban a la Madre, tal vez con la esperanza de un próximo renacer.

La gente vinculó su sangre, sus historias, sus leyendas y linajes a la tierra en la que nacía. La que regaba con su sudor cuando la trabajaba y con su sangre cuando moría para defenderla de invasores llegados de lugares lejanos y, tal vez, menos amables. Aprendieron a conocer cada sendero, cada especie de árbol de sus bosques, cada cumbre de la montaña  y por cuál de ellas  aparecía y desaparecía la luna llena y el Sol en el día más corto y el más largo. Conocieron cada hierba, flor y fruto y aprendieron a usarlos para su propia supervivencia. Crearon viviendas sólidas destinadas a mantenerse en pie y cobijarles durante generaciones, establecieron costumbres y tradiciones que se mantenían durante siglos, algunas incluso milenios, y sus cuerpos y mentalidades se adaptaron al entorno que les acogía. Abandonaron los caminos, se asentaron en la tierra y vivieron dejando pasar los días mientras fluían aprendiendo la magia de las estaciones y con ellas, el continuo paso del tiempo que lo cambiaba todo para volver a ser siempre igual de nuevo.

Algunos de ellos combinaron el trabajo de la tierra con los misterios del mar. Eran marineros que cada madrugada tomaban sus barcas y, sin alejarse mucho de la costa, obtenían pescados y mariscos con los que proveían a sus aldeas costeras. Eran hombres y mujeres de pieles curtidas y miradas soñadoras. De parpados caídos para proteger sus ojos de la inmensidad de las distancias azules y que hablaban del mar en femenino, porque algo que baila la danza de la Luna y tan inmenso, indomable e impredecible solo puede tener alma de mujer. Y estos marinos, cuando regresaban a su hogar a reparar sus redes, sus anzuelos y arpones, contaban a la luz del fuego en las noches mecidas por el rumor del mar, historias de sirenas  huidizas y misteriosas islas encantadas. Y mientras descansaban en la quietud de la firmeza de la tierra, sus ojos brillaban recordando el vaivén de las olas de crestas plateadas.

Pero no todos se dejaron seducir por la estabilidad y la seguridad de un hogar permanente. Una parte de esa humanidad continuó siendo nómada. Eran los viajeros, las almas que ansiaban la libertad de los caminos aún sin explorar. Eternos enamorados de la promesa que se esconde más allá del horizonte. Los caminantes del sendero de las estrellas. Los navegantes de las anchas llanuras verdes. Ganaderos y pastores, domadores de caballos, errabundos trashumantes que, a ojos de los demás, acabaron convirtiéndose en “los otros”, los extraños, los representantes del caos que escapaban al orden establecido. Aquellos que conocen mil y un lugar pero no pertenecen a ninguno, tan sólo a su propio corazón y a las huellas que aún no han dejado en las encrucijadas por las que aún no han pasado.

Con el paso de los tiempos, incluso algunos de estos nómadas ganaderos se asentaron y crearon un hogar, pero en su corazón nunca abandonaron los caminos. Nunca dejaron de caminar hacia el horizonte acompañando sus rebaños. Aunque ahora, ya tenían un lugar al que volver al final de la estación.

Mi sangre de bruja es una mezcla de estas  gentes. Desciendo de labradores y agricultores por la sangre de mi madre, llevo en los genes el amor por un hogar que perdure en el tiempo. Por acompañar el paso de las estaciones en un mismo entorno hasta que aprenda todos sus misterios y conocer cada roca, montaña, bosque y río. Llevo en mi alma la pasión por las tradiciones ancestrales y las leyendas que me unen a la tierra y la curiosidad por saber quienes la pisaron, la disfrutaron y la amaron antes que yo. Siento muy dentro de mí el núcleo del que nacen las raíces que penetran en la tierra, en la Historia, en mi linaje de mujeres del campo. Mujeres de bosque y trigales, de sanadoras hueseras que soñaban en atardeceres dorados por el sol. Raíces de sangre que me llaman desde el pasado, desde la oscuridad que otorga el tiempo, raíces que se pierden en los siglos.

Pero la sangre de mi padre pertenece a ganaderos y pastores, gentes curtidas y fibrosas de piernas fuertes por cada paso dado en los caminos, en senderos, cañadas y veredas en pos de sus rebaños. Gentes acostumbradas a mirar al cielo y preguntarse donde conducirá el camino que dibujan las estrellas. Almas que nunca dejaron de soñar con lo que se esconde más allá del horizonte. Curiosos por conocer otras culturas, otras gentes, otras tierras. Hombres y mujeres de ojos nostálgicos que aún sienten la llamada de las encrucijadas, del sendero inexplorado y de las hogueras que alumbran el campamento al anochecer. Y mi sangre nómada se agita y bulle en mis venas tirando de mis pies que llevan mucho tiempo parados. A veces me pregunto que habrá más allá de este lugar y de los otros que ya he conocido. Esta sangre viajera cada vez me pide que vaya más lejos, a sitios más extraños, con tradiciones diferentes.

Y no se en cual de las dos ramas, puede que en las dos, en algún momento hubo gentes del mar, porque lo oigo rugir y llamarme para que vuelva a casa. Cerca de su baile con la luna, cerca de las olas y el misterio inabarcable de sus profundidades.

Y sé que mi alma de bruja pertenece a la tierra, pertenece a los caminos, pertenece al océano. Mi sangre es azul como las olas brillantes,  es verde como los bosques de mis antepasados. Es dorada como el trigo de los campos. Mi sangre es blanca como la arena de los caminos del mundo. No existen fronteras para mí, porque ningún lugar me pertenece aunque yo le pertenezca a todos. Mis antepasados caminaron por esta tierra cuando aún no construían hogares con cimientos, enterraron a sus muertos en túmulos y tumbas repartidos por este inmenso continente, navegaron siguiendo a Polaris por océanos y mares que para ellos sólo conducían al fin del Mundo.

Y por eso ahora, no creo en fronteras, no creo en naciones, no creo en diferencias. Mi historia, mis genes, mis raíces profundas y mis pies ligeros me convierten en la bruja que soy. En la nómada del viento con un hogar al que regresar.

Me convierten en una Hija de la Tierra.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Elcira Díaz Bárcena
    Jun 12, 2015 @ 20:58:04

    Hermoso texto Hyedra…me maravillé con el viaje que nos compartes…por tierra, por mar….mirando hacia las estrellas….nos instas a cuestionar nuestros propios orígenes…nuestros ancestros…volver a nuestro pasado lejano…nos motivas a imaginarnos, nos iluminas, nos emocionas. Un abrazo, la chiru eterna aprendiz.

    Responder

  2. Abril Primaveral
    Jul 11, 2015 @ 17:16:29

    Letras para nutrir el alma y el espíritu, el más sincero amor a este texto que me identifa. Hijas de la tierra, hermanas.

    Responder

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