El reloj de la vida

Lo que de verdad importa Autor: Desconocido

Lo que de verdad importa
Autor: Desconocido

Hoy es mi cumpleaños. La Rueda ha girado 39 veces para mí desde que abrí los ojos por primera vez a este mundo y aunque he estado a punto de afirmar que los números no importan, que yo me siento igual y que por dentro soy la misma de siempre, sé que no es cierto. Durante esta semana no he podido evitar recordar mi vida y echando la vista atrás he comprendido que, no solo no soy la misma, sino que además, me alegro de no serlo.

Es verdad que no tengo la vida que pensé que tendría a esta edad, pero me gusta la que  tengo. Es mía. Me la he construido yo misma a base de lágrimas y risas. A base de triunfos y muchos fracasos. De amigos que estarán siempre y otros que se marcharon, de amores que serán eternos y desamores que también lo serán. De ciclos de encuentros y desencuentros con personas, pensamientos, acciones, conmigo misma…  Ha sido, y está siendo, una buena vida. No puedo arrepentirme de nada porque gracias a todo mi pasado, a todo lo que he hecho y también a lo que no he hecho, hoy soy quien soy y estoy donde estoy. Por eso, aunque sé que soy Hija de mi Pasado, también sé que soy Madre de mi Futuro. Cómo sea ese futuro y cómo lo viva, depende únicamente de mí.

A raíz de todo lo que he estado recordando y pensando estos días, he decidido que el regalo que voy a hacerme este año va a ser una declaración de intenciones para el resto de mi vida. Mi primera intención para este año, y los que me quedan, consiste en ser cada día más yo. Cada vez me importa menos lo que otros opinen de mí, me da igual que me juzguen, que me desaprueben o rechacen. No es asunto mío lo que ocurra dentro de sus mentes. Al final del día, cuando cierro la puerta y me quedo a solas, sólo quedo yo, y quiero sentirme feliz conmigo y con mis actos. Me gusta saber que soy fiel a mi misma, a mis gustos (por muy raros que sean), a mi forma de ser, a mi ropa, a mi forma de expresarme y sentir… Soy yo quien vive conmigo día a día, soy yo a quien tengo que gustar, soy yo quien debe sentirse orgullosa de mí. De nada me vale la aprobación de los demás si no me apruebo yo.

Voy a regalarme más magia. Sí. Más todavía. A veces el ritmo de vida que llevo no me deja tiempo apenas para hacer mis pequeños hechizos y rituales durante la semana, así que los relego al fin de semana, cuando se me acumulan con todas las demás actividades que quiero hacer y no disfruto tanto de ello como me gustaría. La magia requiere tiempo, preparación, concentración y un estado mental acorde. No es algo que pueda hacerse deprisa y a la ligera, me niego a convertirla en una obligación más. Voy a robar una hora al día para mí, solo para mi magia, para conectar con las fuerzas que mueven mi mundo y crear una nueva realidad con cada conjuro.

Voy a danzar cada día un poquito bajo la Luna llena cuando pueda, o a la luz de las velas en mi habitación cuando no. Voy a moverme al ritmo de la tierra y de mi alma todos los días para sentirme libre y recordar que, esté donde esté y haga lo que haga, siempre lo soy.

Tengo un corazón destrozado, roto en mil pedazos, y cada fragmento es la sombra de una batalla. Le he prometido que no voy a luchar más.  Las palabras amor y lucha no tienen cabida en la misma frase. Hoy sé que nunca hubo un enemigo y que aquello contra lo que siempre he  luchado, era yo misma obcecándome en lo que no estaba destinado a ser. Si duele, si te obliga a correr tras ello, si sientes que tienes que luchar por conseguirlo o conservarlo, es que no es amor. El amor verdadero se consigue y se conserva cuidándolo, sintiéndolo, y aprendiendo a comprender que cambia con el tiempo. Hoy sé que, lo que de verdad importa, es lo que te hace sonreír y sentirte amado al final del día. Aunque seas tú misma. Sobre todo, si eres tú misma.

Me voy a regalar más amaneceres que me recuerden que siempre hay un nuevo comienzo, una nueva oportunidad. También más atardeceres, para no olvidar que todo, hasta los finales más dolorosos, tiene una belleza gloriosa. Me voy a regalar más noches de luna y sueños, más paseos de bruja bajo las estrellas. Más citas conmigo misma para disfrutar de la brisa del mar en las noches de verano. Más domingos de invierno con mantas, sofás, cafés y libros. Más largas charlas conmigo para desentrañar el misterio que soy, y espero no hacerlo nunca del todo.

Me voy a regalar una vida en la que recordar el pasado no sea más importante que seguir creando recuerdos. Una vida en la que el mejor espejo sea el de mis ojos, y en el que la ropa perfecta sea la que me vale, no la que tenga la talla más pequeña. Una vida en la que la que el ideal de belleza sea el que marca mi rostro y mi cuerpo. Porque cada arruga, cada gramo, cada imperfección, es el reflejo de mis experiencias, y eso las convierte en lo más bello que he visto nunca.

Me voy a regalar aquello de lo que está hecha la vida, tiempo. Lo único que tenemos cuando nacemos, un determinado tiempo. Y hoy soy lo suficientemente mayor como para saber que no quiero malgastar el que me queda. No me siento vieja, aún queda mucho para eso. De hecho, cada vez tengo más ganas de jugar, de explorar, de descubrir cosas nuevas. Por dentro aún me siento una niña. Una niña sabia. Y aunque parezca extraño, las brujas sabemos que ese es el secreto de una buena madurez.

El reloj de mi vida avanza, segundo a segundo se va a cercando a su final, y aunque sé que aún puede quedarme más de media vida, quiero hacer que haya merecido la pena vivir cada momento de ella. El día de mi  muerte quiero poder pensar: Aaaahhh, qué maravilla. Lo que daría por comenzarlo todo de nuevo. Quiero poder mirar atrás y decir: Realmente viví.

El día en que todo acabe, quiero irme con un deseo.

Regresar.

Y ahora os dejo, me voy a celebrar que hoy comienza el resto de mi vida.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Vuelos de bruja

Habondia Author: Amanda Clark

Habondia
Author: Amanda Clark

Echo mucho de menos una ventana en esta oficina en la que paso tantas horas de mi tiempo. Hay ratos muertos en los que puedo leer, escribir, investigar o simplemente no hacer nada. Pero no puedo disfrutar de la luz, de ver la vida pasar fuera. No puedo ver la lluvia caer, ni las nubes viajando sobre mi cabeza, ni los brotes en las ramas de los árboles que pronto empezarán a nacer. No puedo ver la nieve, ni la gente caminando por las calles. No puedo contemplar los cambiantes ciclos de la Tierra tanto como a mí me gustaría.  Paso muchas horas lejos de la luz y el aire, bajo una luz artificial e hiriente. Pero aunque pase tantas horas entre estas cuatro paredes, no hay nada que le impida a mi mente escapar y volar hacia donde le gustaría estar en realidad.

Hoy me apetece perderme en la niebla. Pasear entre jirones sintiendo los dedos fríos de la bruma acariciar mis sienes cansadas. Sentirla avanzar cubriendo el mundo con su velo acuoso y verlo todo envuelto en una luz lechosa, tamizada por las sombras de árboles difusos. Caminar a ciegas por suaves pendientes cubiertas de hojas muertas de mil otoños. Me gustaría avanzar despacio entre la niebla, permitiéndole entrar en mí y mecerme con el eco de los sonidos amortiguados del bosque. Dejarle que me hable de antiguas historias olvidadas que nadie salvo ella recuerda ya. Que me muestre en sus formas caprichosas los sueños de visionarios que quedaron perdidos en su silencio eterno. Penetrar en un paraje blanco y gris y vagar confiada, sin temor al mundo en el que apareceré cuando la niebla se retire. Porque la niebla se mueve y navega entre los mundos y nos lleva con ella, si se lo permitimos.

Y esta vez, me gustaría que me llevase a un lugar tranquilo, a ese momento poco antes del crepúsculo. Un rincón apartado entre los árboles cerca del río, donde los últimos restos de bruma se retiran ondeando suavemente sobre la hierba y dejándome ver una cama hecha de brezo y helechos, cubierta por una tienda de tela de colores tenues. Me acerco y me recuesto en ella, entre cojines y colchas suaves y, simplemente, dejo pasar el tiempo. Sólo quiero eso, tiempo para mí, para SER, para disfrutar de estar viva. Sentir la vida a mi alrededor, la brisa acariciándome despacio, el canto de los pájaros, observar el vuelo de las  mariposas y escuchar el rumor de las hojas mecidas por el viento.

Levanto la mano y juego con los últimos rayos de sol que se filtran entre los árboles. Muevo mis dedos entre la luz y los observo, pequeños y casi translucidos, danzando entre miles de motas de polvo doradas, sintiendo la magia de estos minutos de la tarde. La hora dorada. En la que el mundo se para y se prepara para el atardecer. Escucho cómo la vida en el bosque parece detenerse poco a poco, preparándose para un relevo. Los Hijos del Sol se retiran y las Criaturas de Noche comienzan a despertar.

Miro hacia el Oeste donde el Sol desciende ya besando el horizonte convertido en una bola de un rojo incandescente que se esconde entre las nubes, tiñendo el cielo de rosa y malva. Las sombras se extienden reclamando el mundo, y los contornos, tan claros y dorados hace un momento, se convierten en siluetas oscuras, sin forma definida. Todo permanece estático, dotado de una belleza propia, única, mágica. Y cuando el Sol ya se ha ido, cuando todo parece haber terminado, el cielo estalla en sangre y fuego y convierte el mundo en un lugar rojo y negro, ardiente y más bello aún si cabe. El último rescoldo del sol, que por un instante convierte el mundo en fuego vivo.  En ascua efímera.

Cuando todo ha pasado, la noche parece ponerlo todo en marcha. Las estrellas van apareciendo en el cielo sin nubes y las luciérnagas comienzan a volar iluminando el claro en el que descanso. Pero con el Sol se ha ido también el último calor de la tarde y mi lecho ahora es frío y húmedo. Es hora de continuar mi viaje y buscar un lugar más cálido, así que dejo que las luciérnagas me guíen hacia unos sonidos lejanos que parecen provenir de una parte más profunda del bosque. Parecen voces, o tambores, o quizá flautas. O todo a la vez. Camino en su dirección y a través de los arboles veo el resplandor de llamas en lo que parece ser un claro.

Cuando llego, alegres hogueras arden en esta noche sin luna y a su alrededor veo caras familiares riendo, hablando, bebiendo y bailando al son de la música que tocan algunas de ellas. Mis brujas me miran, me estaban esperando para celebrar la magia de la noche. Para rendir culto a la Oscuridad con la Luz del fuego.  Para alejar la tristeza con nuestra risa. Para sacudirnos la rutina con bailes bajo las estrellas. Para recordar quiénes somos mirándonos una a una a los ojos y reconociendo la divinidad que todas llevamos dentro.  Me estaban esperando para repetir palabras que han viajado a través de los siglos y llamar a Diosas que nunca se marcharon. Para despertarlas en nosotras y recordar que estamos hechas de raíces y ramas. Raíces que nos conectan con el corazón de la Tierra y ramas que nos elevan hasta las estrellas. Raíces y ramas que nos unen a todas en un bosque de recuerdos ancestrales. La sangre que corre por nuestras venas es la savia de la que fluyen las enseñanzas de nuestras antepasadas. Antiguas Diosas, Ancianas sabias, Niñas de luna y bosque. Mujeres eternas que viven en nosotras. A través de nosotras.

Esta noche hay chispas de magia en el aire y nosotras danzaremos con ellas hasta el amanecer.

Suspirando regreso a esta oficina sin ventanas ni sol. Sonrío porque, aunque a veces se hace duro y echo de menos la vida fuera, soy capaz de escapar de aquí y volar. Volar a otros mundos, volar a momentos de mi pasado y volar sobre todo al futuro, porque sé que me esperan muchos días de perderme entre la niebla, muchas tardes doradas esperando lánguidamente al crepúsculo. Me esperan cientos de noches de magia, de hogueras y música, rodeada de brujas y Diosas. Siendo Vida.

Y aunque este lugar sea oscuro, cerrado y frío, también está  lleno de magia.

Porque en él estoy yo.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Las mil vidas de una bruja

Witch Autora de la imagen: Julia Trushina angiria.deviantart.com

Witch
Autora de la imagen: Julia Trushina
angiria.deviantart.com

Hay una palabra en alemán que no tiene homóloga en español, su traducción es “nostalgia por un lugar al que nunca has ido”. La palabra es Fernweh. Pero no he encontrado ninguna palabra que defina el sentimiento de añoranza por otra época, por otros tiempos que sabes más propios que los tuyos.

A veces, cuando visito las ruinas de tiempos antiguos, la sensación de pertenencia que me invade es tan abrumadora que me encojo por dentro. Toco las piedras, siento su calor familiar en mi piel y me pregunto quiénes las tocaron antes que yo. Cómo vivían. Qué sentían. Si las toqué yo en otra época. En otra vida quizá.

Siento como si el lugar despertase y me observase, algo parece vibrar a mi alrededor y casi me parece escuchar susurros, como si alguien me reconociese y hablase de mi. El viento que se cuela entre las ruinas me habla trayéndome palabras de otros siglos, palabras que casi llego a entender. Y la tristeza es profunda, como si estuviese en la puerta de mi hogar pero algo me impidiese entrar. Como si hubiera viajado mil años y ahora, cuando por fin llego a donde pertenezco, hubiera olvidado el camino.  La nostalgia me invade y comprendo que, aunque por breves momentos los tiempos parecen superponerse, y aunque por un instante haya conseguido tocar el recuerdo de algo…, algo que nunca he vivido, es imposible regresar a un pasado perdido. Porque fue en otra vida.

Sé que no es la primera vez que vivo. Sé que he caminado a través de los tiempos bajo innumerables rostros y nombres. He vivido cubriéndome con pieles en los albores de nuestra especie y he visto como mis Dioses y tradiciones se perdían bajo la tiranía de Roma. He visto surgir los nuevos reinos de Europa construidos sobre las ruinas del Imperio. He vivido sola en la cabaña de un bosque y he visto morir a mis seres queridos por epidemias que hoy son sólo un recuerdo. He puesto ofrendas sobre altares paganos, ocultos en los bosques bajo la mirada de la luna llena, tantas veces que puedo repetir los gestos sin vacilación. He caminado por catedrales nuevas y he sido monja en algún claustro medieval mientras por dentro a Dios le llamaba Señora. Me he escondido durante la caza de brujas y no tengo ninguna duda en absoluto de que he muerto ahorcada alguna vez y quemada en la hoguera otras. He vivido en la Inglaterra Victoriana y la sola imagen de una taza de té ante una ventana con vistas a la campiña inglesa en primavera puede hacerme llorar de añoranza.  He tenido mil vidas, sí. Algunas breves, otras muy largas. A veces fui feliz, otras veces he sufrido. He sido esclava, campesina, sacerdotisa, monja, esposa, madre, pobre, rica, siempre bruja. Alguna vez incluso he sido hombre.

Pero nunca he sido reina. No creo haber sido Cleopatra, ni Juana de Arco, ni Napoleón. Creo que si alguna vez tuve algún poder, fue entre mi gente, mi pueblo, mi tribu o mi aldea. Tampoco ha hecho falta. Solo he sido yo, siempre. Esa presencia que adivino en mí constantemente. Yo y un algo más. Algo que sabe. Algo antiguo y sabio. Algo que me llena de empatía y hace que me resulte fácil comprender a los demás. Que sepa ponerme en el lugar de casi todo el mundo y saber porqué actúan como actúan, aunque muchas veces no lo apruebe ni lo comparta.

Dicen que todas estas sensaciones tienen una explicación. Que en realidad los recuerdos, los sentimientos de pertenencia nos vienen dados en los genes. Que en realidad estamos sintiendo lo que sintieron nuestros antepasados y que heredamos sus experiencias junto con el color de nuestra piel y nuestros ojos.

Bueno, yo no sé si es cierto. Lo que sí se es que me resulta difícil aceptar que todos mis gustos pasados son de otros, que mis recuerdos de otros tiempos son de otros, que las lágrimas de tristeza que me brotan porque echo de menos una casa junto al mar en la linde del bosque que nunca he tenido son porque allí vivieron otros. No. Puede que algo se herede en la sangre, como la llamada del mar. Pero sensaciones tan intensas, emociones tan profundas no pueden ser ajenas.

Estoy convencida de que regresamos, una y otra vez. Porque me niego a aceptar que sólo tengamos una oportunidad en este mundo. Me niego a aceptar que un niño muera y haya vivido, víctima de torturas en medio del más absoluto terror y angustia, para nada. Me niego a que millones de mujeres vivan día tras día en un infierno de violaciones perpetuas que sólo terminarán el día que su cuerpo ya no resista más y se rompa del todo. No puedo aceptar que todavía haya gente que viva toda su vida siendo esclavos, que otros centren toda su existencia en buscar el siguiente puñado de comida que les mantendrá vivos un día más. No quiero aceptar que todo lo que muchas personas tendrán a lo largo de sus días será la más absoluta tristeza, soledad, desesperación y miseria.  Me niego a reducir la existencia a una sola oportunidad.

No. Sé que en muchas de mis vidas viví junto al océano. Desde mi ventana veía el mar y los acantilados por un lado y el bosque oscuro y envuelto en niebla por otro. Me despertaba el sonido de las gaviotas y me dormía el canto de las olas. Y las gaitas… El lamento de las gaitas hablaba el lenguaje de mi alma y su sonido jamás ha dejado de emocionarme. La niebla, la llovizna, los bosques mágicos en los que me veo recogiendo hierbas y los acantilados. La playa de rocas, el olor a algas, esperar en la orilla a que los barcos regresen… No, no son recuerdos de otros.

Y creo firmemente que cada persona tiene más oportunidades. Que todos volveremos una y otra vez y en alguna de nuestras vidas seremos totalmente felices. Todo merecerá la pena.

No me preocupa como será mi vida, ésta vida. La viviré lo mejor que pueda e intentaré ser la mejor persona que pueda. Pero si las cosas no salen como espero, si se acaba antes de lo que me gustaría… bueno, intentaré hacerlo mejor la siguiente.

Porque como dije otra vez, las brujas somos eternas.

Yo soy eterna.

 

(En recuerdo de Sable Rouge, asesinado ayer por ser brujo, por ser pagano. Por atreverse a ser libre en un lugar donde no soportan la libertad. Vuelve pronto hermano, y vuelve en un lugar donde puedas ser feliz. Espero coincidir contigo en otra vida)

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

 

Una bruja sin máscaras

The Masquerade Author: Amalie Deviantart

The Masquerade
Author: Amalie
Deviantart

Es febrero. El frío gélido que nos azota nos tiene a todas paralizadas, escondidas bajo edredones y mantas y sin apenas movernos disfrutando del calor y la tranquilidad del hogar, mientras, los días se deslizan lentamente hacia la primavera. Pero este loco y breve mes que me vio nacer, cada año nos regala unos días de alegría y desenfreno. Unos días de fiesta en los que todo está permitido y en los que los límites entre lo que somos y lo que no, se desdibujan y diluyen en el juego de las identidades. En unos días llega Carnaval. ¿Quién vais a ser este año?

Desde siempre me ha encantado disfrazarme. Los tacones de mi madre, vestidos de mi abuela, cualquier chal que pillara a mano, me servían para crear una historia de la nada en la que yo era la protagonista. Cada vez un papel distinto y cada vez una historia diferente, pero en todas siempre la misma sensación, el juego no estaba completo si no conseguía recrear el personaje tal y como yo creía que debía ser. Y aunque diferentes, las características de los personajes casi siempre eran las mismas. Cuando no era un fantasma era una vampiresa, y cuando no era un hada era una bruja, o hechicera, cartomante zíngara, princesa encantada o cualquier otro ser fantástico que pudiera imaginar.

Con los años he continuado disfrazándome cada vez que la ocasión se ha prestado a ello. Y con los años he comprendido que en realidad, nunca fueron disfraces. Lo cierto es que esperaba esos días y esas ocasiones para vestirme de lo que verdaderamente soy. Era en esos momentos cuando en realidad me mostraba al mundo tal y como era y el resto del año me disfrazaba de lo que se esperaba que fuera.

Y fue así como aprendí que casi todas las personas, en algún momento u otro de nuestras vidas, llevamos máscaras. Nos ocultamos tras un escudo creado para proteger (u ocultar) nuestras verdaderas identidades. Algunas porque nos han herido tanto que necesitamos un tiempo de descanso para que nuestras heridas puedan sanar, dejar de doler y con suerte, cicatrizar. Otras porque les han repetido tantas y tantas veces cómo deben ser, cómo deben comportarse, cómo deben actuar que creen que si no son así es porque algo en ellas no funciona, no son lo suficientemente buenas o no están a la altura, y esconden estos sentimientos bajo una máscara que les muestra al mundo como los demás esperan verlas.

Hay máscaras para todo, para ocultar la sensibilidad, para esconder la ira, para disimular la rebeldía, para transformar el desprecio en falsa amabilidad… Hay máscaras de todos los tamaños, de todos los colores, de todos los materiales. Pero todas son frágiles, cualquier duda ajena puede resquebrajarlas. Cuando la imagen que intentamos proyectar depende de la visión de otras personas, es imposible crear algo que perdure, porque las opiniones de los otros cambian como cambian sus estados de ánimo. Cambian como cambian sus propias máscaras. Y son peligrosas, porque cuando una lleva mucho tiempo dependiendo de ellas para construir su identidad, puede llegar un momento en el que ya no sepamos cómo quitarlas. Puede que llegue un día en el que ya no sepamos quiénes somos sin ellas. Y si afortunadamente aún no es tarde y conseguimos arrancarlas, puede que no reconozcamos el rostro que se oculta debajo y que nos mira desnudo y sin rasgos desde el espejo.

No voy a afirmar que yo vivo sin máscaras todo el tiempo porque no sería cierto, hay momentos en los que aún tiendo a cubrirme con ellas.  Lo que sí es cierto es que intento que esos momentos cada vez sean más escasos y más breves. No quiero ocultarme. No quiero fingir que soy de otra manera para gustar a otros o para que los demás se sientan más cómodos conmigo. Sé que ser una bruja me convierte en parte de una minoría por un lado, y en una diana para la incomprensión, el rechazo e incluso la burla de algunos por otro. Pero quiero que mi esencia respire sin estar encerrada tras un disfraz. Quiero ser cómo soy. Quiero estar cómoda siendo yo. Quiero abrazarme a mi misma con sinceridad sabiendo que me atreví a ser real.

No es fácil, porque una persona que se enfrenta al mundo a cara descubierta les recuerda a los demás que ellos no se atreven. Y eso hace que se sientan incómodos, culpables, equivocados. Y sobre todo, hace que se sientan cobardes. Intentarán convencerte de mil maneras de que lo que haces no está bien. Te dirán que eres egoísta, o tal vez inmadura, o ingenua. Querrán cubrir tu desnudez. Querrán cortar tu libertad porque les recuerda su propia prisión. Pero no importa todo lo que intenten, una vez aprendes a vivir sin máscaras también aprendes que ya nada podrá hacer que vuelvas a ponértela.

En unos días es Carnaval y durante esos días, la mayoría de las personas dejan caer sus falsas identidades para vestirse de lo que son realmente. En este momento todo vale. Todos se sienten libres. Todos muestran la faceta de sí que esconden. Son días de libertad. Pero al día siguiente, cuando la fiesta termina, colgarán de nuevo en una percha su verdadera cara y la encerrarán en el armario hasta la próxima ocasión, mientras recogen del suelo la máscara de la falsedad para enfrentarse a una cadena de días grises construidos con mentiras y vividos como extraños.

Carnaval es un regalo, es un espejo encantado que por unos mágicos momentos muestra el verdadero interior, el verdadero rostro de las personas sin que teman ser juzgados o castigados por ello. En Carnaval todas somos brujas, todas somos piratas, vampiresas, princesas o campesinas, hadas y elfas, pastorcillas, caperucitas o lobas. Y no pasa nada. O sí. Pasa que nos sentimos libres y felices. Pasa que nos permitimos Ser.

Esta bruja que os habla ha dejado en su camino un pequeño rastro de máscaras rotas, resquebrajadas e inservibles. Disfraces de lo que un día creí que debía ser o que los demás esperaban que fuera. Eran pocas, es cierto, pero dañinas. No ha sido sencillo, a veces estaban tan incrustadas en mi piel que tuve que arrancarlas usando más fuerza de la que nunca pensé que tendría. Pero mereció la pena. Ese es el regalo que me hago cada día, atreverme a ser Yo. Sólo yo. Esa es la aventura de mi vida, un carnaval en el que cada día me disfrazo de mí misma, una bruja que conjura palabras. Una Hija de la Tierra. Una mujer de Luna.

¿Y tú que harás en Carnaval? ¿Te pondrás una máscara?

¿O te la quitarás?

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Contacto

hyedra.deduir@yahoo.es
A %d blogueros les gusta esto: