Mi historia

Mi burbuja

Mi burbuja

Continúo recopilando textos, esta vez es mi historia. Editada y un poco modificada, pero en esencia la misma del artículo que se publicó originalmente en el blog Liebanízate. Es un resumen muy, muy breve de cómo llegué a ser quien soy. Es toda vuestra.

 

Recuerdo perfectamente el día que escuché por primera vez la palabra Wicca. Tenía 17 años y fue como llegar a casa.

Siempre he sido distinta. No recuerdo un día de mi vida sin magia, sin buscar la luna, sin escuchar al viento en los árboles y sin sentir que las aguas de los arroyos, ríos y mares están vivas. Sin hacer mis hechizos en el bosque o en la soledad de mi habitación. Mezclando hierbas, estudiando las llamas de las velas, ahorrando para el siguiente libro de magia. Desde muy niña he buscado otras historias, otras leyendas. Mitologías anteriores al cristianismo que dentro de mí reconocía más propias y reales. Siempre he creído que la Tierra está viva, que hay una conciencia en ella, creadora y destructora. La Madre Tierra, la Madre Naturaleza, La Madre Luna… La Diosa de los Mil Nombres. También creía en una fuerza masculina, salvaje, fertilizadora… Un Dios compañero, consorte, nunca superior a Ella.

He soportado burlas, sí. Nunca he ocultado lo que soy, porque lo fui desde siempre y no aprendí a esconderme. Para la gente que me rodeaba siempre fui “La Bruja”, para bien o para mal. Y he de reconocer que casi siempre fue para bien. A pesar de ello, es cierto que siempre me sentí sola, rara y distinta. Como si el mundo y la vida fuesen burbujas en cuyo interior vivían los demás y yo sólo orbitase alrededor, siempre mirando desde fuera. Aislada y sin formar parte real de nada. Hasta que un día, hace más de 20 años, me presentaron a otro brujo y me hizo una pregunta: ¿Qué clase de magia haces? ¿Qué clase de bruja eres? Cuando le expliqué, cuando le conté quien soy y lo que hago, el respondió: Ahhh, eso es Wicca. Me prestó un par de libros y cambió mi mundo. Había llegado a casa.

En 1951 se abolieron las últimas leyes contra la brujería en Reino Unido, y a raíz de ello, algunas personas que afirmaban ser brujas comenzaron a salir a la luz. Raymond Buckland, Gerald Gardner, Alex Sanders, Sybil Leek, Doreen Valiente, el matrimonio Frost, los Farrar… Todos ellos brujos que se daban a conocer y marcaban el camino a otros que vendrían después. Fueron la primera generación. Con ellos aprendí las bases de la Wicca, una religión basada en el culto a la Naturaleza y a los Antiguos Dioses.  En una concepción cíclica de la vida y una visión integradora del Hombre con la Tierra.

Seguí investigando porque había muchas tradiciones, muchas formas distintas de vivirla. La Wicca no era antigua, en realidad nació como tal en esos años. Pero muchas de las prácticas y tradiciones que celebraba sí eran antiguas. La mayoría de ellos eran ocultistas que habían formado parte de sociedades mistéricas secretas como La Golden Dawn y que al abandonarla y formar sus Coven (akelarres), habían llevado con ellos muchos rituales y prácticas ceremoniales que ahora formaban parte del cuerpo ritual Wicca.

Me gustaba, por fin había algo de lo que me sentía parte y que se correspondía con lo que yo había sentido, vivido y experimentado siempre. Pero todavía faltaba algo. Me sobraba ceremonia. En el fondo buscaba algo más sencillo, más natural y real. Una conexión aún mayor con la Naturaleza. Y continué buscando hasta que encontré a las brujas diánicas. Una vertiente del paganismo centrada en el culto a La Diosa, a la Tierra y que hacía hincapié en recuperar un misticismo y una espiritualidad básicamente femeninas. Fue entonces cuando supe que mi búsqueda había terminado, comprendí que había llegado para quedarme. Leí a Starhawk, fundadora del movimiento Reclaiming, que como su nombre indica, reclama el derecho de la mujer a tener decisión en su propio camino espiritual y a reconocer la Divinidad femenina, negada y prohibida durante tanto tiempo. Leí a Z. Budapest, pionera también. Margot Adler, Phyllis Curott, Edain McCoy, Merlin Stone, Selena Fox, Jean Shinoda Bolen, otra pionera en el campo de los arquetipos femeninos, y una de las impulsoras de la creación de los Círculos de Mujeres, Miranda Grey, Clarissa Pinkola Estés…

El paganismo diánico estudia todas las culturas, busca en todas ellas el papel femenino en el mundo espiritual y trata de ayudar a la mujer actual a conectar con su propio misticismo. Le ofrece un camino donde puede ser protagonista, donde puede tener un contacto directo con la divinidad sin depender de intermediarios masculinos que le digan en qué creer y cómo creer. Es un culto en el que la mujer se reconoce a sí misma y encuentra su lugar porque la Diosa, la Tierra, sigue sus mismos ciclos y recupera una relación y conexión con Ella que le ha sido arrebatada hace mucho tiempo. A diferencia del Dios masculino, una figura lejana y distante en los cielos, padre vigilante y castigador… la Diosa está aquí, en cada mujer, formamos parte de Ella y Ella de nosotras. Y como entidad, es compañera, hermana, camina a nuestro lado y la miramos como a una igual.

Con el tiempo conocí a otras mujeres como yo. Valientes, sabias, muy instruidas y empáticas. Y también hombres, porque hay muchos hombres en el camino de la Diosa, hombres que quieren un mundo en equilibrio, donde exista la igualdad y la libertad para que cada uno pueda ser, sentir y vivir como es, sin tener que esconderse. Hombres muy, muy valientes, porque hay que ser muy valiente para portar el estandarte de la Diosa en el mundo masculino aún hoy en día.

Y así llegamos a nuestros días. Esta es mi historia. Así llegué a ser quien soy, encontré mi camino y descubrí que nunca había estado sola. Descubrí que no podía vivir en la gran burbuja en la que vivían los demás porque yo ya formaba parte de otra, descubrí que siempre había habido un hogar para mí. Y para descubrirlo solo he tenido que abrir los ojos y escuchar siempre lo que mi intuición, y mi corazón, me pedían a gritos.

Porque como Ella dice: “Si lo que buscas no lo encuentras dentro de ti, jamás lo encontrarás fuera de ti, porque he estado contigo desde el principio…”
Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra Lopez)

 

Sombra de Bruja

"Embracing Shadow Self" Copyright © 2001 Rita Loyd http://www.nurturingart.com/

“Embracing Shadow Self”
Copyright © 2001 Rita Loyd
http://www.nurturingart.com/

En estos tiempos de oscuridad y frío siento a mi Sombra de bruja removerse. Sabe que es invierno y casi luna nueva y me toca volverme hacia ella. Se retuerce y expande, creando zarcillos que se filtran por mis rincones y recovecos. Va creciendo y sintiéndose a sí misma, asegurándose de que yo también la sienta. Es ahora, cuando el frio y los días cortos parecen hacerlo todo más lento y hay más tiempo para quedarnos quietas, pensar y meditar, cuando llega la hora de mirarnos frente a frente y tomarnos la medida. Es hora de descender a la Oscuridad para encontrarnos en su terreno, que es también el mío, porque es nuestro.

Hubo un tiempo en el que la temía. Mucho. Un tiempo en el que no comprendía. Una época en la que renegaba de ciertas partes de mi ser. No muchas, es cierto, pero sí las suficientes para temerla. Después hubo otra época en la que yo sólo era Sombra. Un periodo de daño, de ajustes y transiciones donde mi oscuridad campó a sus anchas por mi vida. Por suerte duró poco, pero aprendí muchísimo. Hoy soy una bruja afortunada porque ya hace mucho comprendí qué es la Sombra. Cuál es su papel y la importancia que tiene. Hace mucho que acepté que mi Sombra también soy yo.

Todas tenemos defectos, todas tenemos ciertas actitudes, miedos, fobias, malos sentimientos irreprimibles e inevitables a veces, recuerdos que no queremos recordar, traumas que no conseguimos olvidar y que nos lastran. Partes de nosotras que escondemos, que ignoramos, que sepultamos lo más profundamente que podemos en nuestro interior para que pasen desapercibidos a los demás. Pero nosotras sabemos que están ahí, esperando su momento.  Esperando que, por un instante, perdamos el control y ellos puedan escapar. Todo lo que reprimimos, lo que negamos y escondemos, lo que tememos y nos negamos a enfrentar, todo ello es nuestra sombra. Nuestra parte oscura que se hace más grande cuanto más la ignoramos y más fuerte cuanto más la tememos.

El camino de la bruja nos enseña que nuestra Sombra no está ahí para hacernos más daño, ni para castigarnos o humillarnos. Las brujas sabemos que no es nuestra enemiga por mucho que le hayamos colgado siempre la máscara de monstruo. Por el contrario, es nuestra gran maestra. Es esa amiga que nos dice la verdad que más duele, la que nos pone en las situaciones más comprometidas y difíciles, pero que lo hace por nuestro bien. Y cuanto más la ignoremos, cuanto más lejos tratemos de huir, con más ahínco nos perseguirá y tratará de mostrarse, porque su única misión es ayudarnos.

Ella forma parte de nosotras desde que la Humanidad existe como tal. En casi todas las mitologías del mundo se nos cuenta la historia del descenso de la Diosa, una historia en la que tiene que viajar al Inframundo para rescatar a alguien o algo querido de las garras de una  Divinidad oscura, a menudo su propia hermana. Freya, Isis, Ishtar, Deméter y Perséfone entre otras… Todas deben descender a la oscuridad (su propio subconsciente) para enfrentarse con su parte oscura, su Sombra, su otra mitad y rescatar lo que no es otra cosa que su ser completo. Luz y Oscuridad.  Y para alguna de ellas, como Perséfone, asumir su papel como Reina de ese Inframundo, lo que la convierte en una mujer completa que  se mueve entre ambos mundos. Dueña y Soberana de su oscuridad e hija de Deméter en la parte luminosa del mundo.

También hay ciertos comportamientos que en la mujer tradicionalmente se han considerado rasgos de carácter indeseables, como la independencia, el deseo sexual, la confianza en una misma, la fortaleza, la astucia, la obstinación, la sabiduría y la curiosidad por aprender…, y  aquellas de nosotras que a lo largo de la Historia mostrábamos esos rasgos hemos sido acusadas de ser poco femeninas, lujuriosas, indecentes e inmorales, impertinentes, hombrunas, histéricas… Brujas. Pero como brujas, nos volvemos hacia las Diosas Oscuras para que nos cuenten sus verdaderas historias y aprender de Ellas y de sus dones y de paso reconciliarnos con nosotras mismas  a través de Ellas: La libertad sexual de Lilith, la pasión y fuerza de Morrighan, la sabiduría de Cerridwen, los conocimientos ocultos y mágicos y el poder de Hécate, la crueldad necesaria de Kali, la soberanía de Perséfone… Y muchas otras.

Hace mucho que, voluntaria y periódicamente, me enfrento a ella. Me preparo para el descenso al centro de mí misma desnudándome metafóricamente dejando en la superficie todos los prejuicios y todo aquello que ponga trabas a mi aprendizaje. Sin velos, sin disfraces ni máscaras que oculten o cambien mi verdadero yo, me presento ante ella, que me sonríe y espera con cariño. Observo bien qué es lo que no me gusta, qué hago mal, qué partes de mí rechazo o me cuesta aceptar, y cuando lo identifico, comienza el trabajo de sanación. La labor de curar heridas que a lo mejor ni siquiera sabía que tenía, pero mi Sombra sí, y me las muestra. El ejercicio de aceptar como míos los rasgos de mi carácter que no me gustan y tratar de mejorarlos, de darles la vuelta y aprender cómo usarlos para convertirme en una mejor persona.

Porque enfrentarse con la propia sombra, con la Diosa Oscura que habita dentro de cada una de nosotras, es la única forma de conocernos tal y como somos de verdad. De aceptarnos y aprender a amarnos por lo que realmente somos. Porque ninguna sería la mujer que es hoy en día sin esa otra parte oscura que nos completa y forma la totalidad de lo que somos y que nos ha ido moldeando a lo largo de nuestra vida. Y en cada viaje a la Oscuridad, en cada ocasión en la que me enfrento a ella, me hago más fuerte. Cada vez aprendo más. Cada vez me quiero más. A mí y a Ella.

Mi Sombra y yo somos muy buenas amigas. Le debo todo lo que soy, porque sé que yo no sería la bruja que hoy soy si Ella no se hubiese esforzado tanto por conseguir que le hiciera caso. Gracias a ella soy una mujer completa. Llena de  Luz pero también de muchas sombras. Y al igual que estoy enamorada de mi Luz, estoy casi más enamorada de mis sombras. Porque ellas guardan mi secreto. Guardan el misterio de lo que verdaderamente soy. Mi verdadera esencia.

La más pura chispa de Luz divina que sólo puede apreciarse en la más absoluta oscuridad.

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

La Diosa de las Brujas

Venus de Willendorf 25.000 a. d E. C. aprox. Autor de la foto: desconocido

Venus de Willendorf
25.000 a. d E. C. aprox.
Autor de la foto: desconocido

La Diosa de las brujas es Antigua.  Su llamada cruza los milenios desde aquellas que la adoraban en los primeros tiempos bajo la luz de la luna y las estrellas vestidas con pieles, hasta llegar a aquellas que aún la recordamos. Aquellas que llevamos su marca grabada a fuego en el alma. Y algunas en la piel…

Ya era antigua cuando las primitivas iglesias erigidas para el hijo del carpintero y su Dios apenas comenzaban a cubrir Europa y se transformaban poco a poco en catedrales. Ya era vieja cuando los guerreros del frío norte trajeron a sus Dioses de la guerra, dioses que hablaban del valor, de la sabiduría y del honor que suponía morir en la batalla para ser llevado al paraíso de los guerreros. Ya era anciana cuando Roma cambió sus muchos nombres en las tierras que iba conquistando por los de sus propias Diosas, sometidas a un Patriarcado que jamás pudo acabar del todo con ellas. Ya era eterna cuando los celtas la adoraban bajo sus múltiples rostros y sus múltiples nombres. Su culto contaba milenios cuando Inanna e Ishtar eran jóvenes en el Creciente Fértil y la humanidad comenzaba a escribir sus nombres en el barro. Era Reina de la Tierra cuando Isis y Osiris aún eran niños jugando a enamorarse y dirigir un Imperio. Era una anciana que miraba benevolente cómo en Creta las sacerdotisas  ofrecían miel en los altares de sus templos. Era inmortal cuando Gilgamesh buscaba el secreto de la vida eterna.

Mi Diosa es tan antigua como la Humanidad. Tanto como la Tierra. Tanto como el Universo. Tanto como la primera chispa que lo originó todo.

Su presencia eterna jamás ha abandonado este mundo y sus hijas jamás han dejado de rendirle culto. Desde hace miles de años, cuando nos internábamos en las profundidades de su cuerpo para pintar en las paredes de las cuevas sus símbolos sagrados y las escenas de la vida bajo su influencia, la sentíamos guiar nuestras manos y nuestros pies en la oscuridad de sus dominios. Cuando penetrábamos en su vientre para llevar a cabo rituales para la tribu, para viajar entre los mundos y presentarnos ante ella para pedir su guía y consejo. Para devolverle el cuerpo ya sin vida de aquellos que habían marchado, esperando que los acogiera en la muerte y preparase su regreso algún día. Cuando sellábamos aquellas pinturas, pactos que nos vinculaban a Ella, con la marca de nuestras manos. Manos de mujer.

Cuando creábamos en el barro y en la piedra sus imágenes hechas a nuestra propia semejanza cuando estábamos grávidas. Porque así la imaginábamos cuando la humanidad era joven y el mundo aún salvaje. Una mujer grande, de pechos amplios y caderas poderosas, preparada para mantener la vida que llevaba en su seno una vez llegara a ese mundo tan hostil y difícil. Una madre nutricia y dadora de dones, pero también cruel y destructora cuando era necesario. Cuando fluíamos con los ritmos de su corazón que latía en las profundidades de la tierra, creando un ciclo eterno de vida, muerte y renacimiento, y que aprendimos observando las semillas desde su gestación en las profundidades de la tierra, pasando por su nacimiento, su vida exuberante y su muerte final, cuando de nuevo se convertía en semilla que retornaría de la oscuridad de la tierra.

Su nombre cambió a medida que la Humanidad se fue extendiendo por una Tierra inhabitada y vasta. Su rostro también fue cambiando. Aprendimos que además de Madre también era una joven, una anciana y una hechicera y nos enseñó a contar el tiempo siguiendo su viaje en los cielos nocturnos. Celebramos con Ella su eterno ciclo en el que se unía  a  su Amante Sagrado y juntos creaban los frutos que nos alimentan. Acompañamos su duelo cuando su amado moría en un sacrificio que convertía su cuerpo en la vida de sus hijos y festejábamos con Ella su alegría cuando daba a luz al Niño Divino que volvería a convertirse en su consorte en la siguiente primavera.

Con el tiempo llegaron otros Dioses que no eran como el nuestro, el Señor Astado de los bosques que reina sobre las cosas salvajes y libres, sino Dioses extranjeros que hablaban de guerra y violencia, y los mitos nos cuentan cómo primero desplazaron a nuestro Dios como consortes de nuestra Diosa, después le robaron sus dones y finalmente la expulsaron y condenaron al olvido. O al menos lo intentaron.

Surgieron las religiones monoteístas, con un único Dios masculino, lejano y severo, y se impusieron en la mayoría del mundo convirtiéndolo en un lugar violento, en un lugar donde la sangre de millones de almas vertida en nombre de ese Dios abonaba los campos de la mayoría de los países. Aún lo hace.

Muchos siglos de terror y de hogueras, de desequilibrio entre mujeres y hombres, de miedo a la libertad y a disfrutar la vida en lugar de sufrirla, han pasado desde los días en que llamábamos a la Diosa en el amanecer de la historia de nuestra especie. Demasiado tiempo durante el cual la Humanidad ha perdido el camino, convirtiendo la risa en pecado, el baile y la alegría en actos reprobables y la magia en algo maligno. Un tiempo durante el cual hemos dejado a un lado el amor y la colaboración que nos hizo prosperar y lo hemos cambiado por la ambición, la competitividad y el odio.

Pero Ella sigue aquí, su presencia eterna, antigua y viva lo invade todo porque siempre lo ha sido todo. Y sus hijas la hemos recordado a lo largo de los siglos. Su recuerdo atávico ha pervivido en nosotras a través de generaciones. Las brujas hemos continuado manteniendo su herencia como guardianas de una verdad que ha perdurado en nuestro corazón a través de todas las épocas. Hemos continuado llamándola a pesar de los nuevos dioses, a pesar del dominio del Hombre, a pesar de castigos y prohibiciones, a pesar de nosotras mismas. Porque nuestra Diosa no habita en un lugar lejano y distante. Está aquí, en la tierra que pisamos y el aire que respiramos, en el agua que nos inunda por dentro, que fluye en nuestra sangre y que se derrama en nuestras lágrimas. En las células que dan vida y forma a toda la creación. Dentro de nosotras, indicándonos el camino y manteniendo a salvo su mensaje. Siempre ha estado aquí. Esperando que sus hijas dejen de ser unas pocas brujas valientes que la guardan en secreto para convertirse en millones que la traigan de nuevo a un mundo que le pertenece y que grita desde lo más profundo para que curen sus heridas.

Ella se despereza, despierta de su letargo porque siente que algo nuevo está llegando. En miles de lugares del globo las mujeres se reúnen para encontrarse a sí mismas, y en el proceso, encontrarla a Ella. Y Ella, que escucha las voces que se elevan llamándola por muchos de sus mil nombres, se despierta porque sabe que la Rueda de nuevo está girando  y llega una Era en la que las brujas ya no nos escondemos, ya no tememos mostrarnos a cara descubierta y abrir las puertas de su regreso. A lo largo del mundo la Hijas de la Diosa van recobrando la memoria y buscan encontrar Su nombre. Sus nombres.  Y para sentirla solo necesitamos volvernos hacia nosotras mismas y hacia cada una de las mujeres que caminan a nuestro lado.

Cuando necesito sentirla, cuando necesito verla, solo tengo que ponerme frente a un espejo,  buscar mis ojos en mi reflejo y sonreír, porque allí, en el fondo de mi mirada, Ella me devuelve la sonrisa y me recuerda que ha estado ahí desde el primer día de mi vida y que seguirá estando ahí todos y cada uno de los que me quedan. Mi Diosa me mira desde el centro mismo de mi alma y un conocimiento antiguo me inunda. A través de los tiempos, a través de los milenios que me separan de mis antepasadas, a través de las cientos de vidas de cada una de ellas y a través de mi y de mis hermanas, la Diosa de las brujas vuelve para reclamar su mundo.

El Tiempo ha llegado. La Diosa regresa.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Hechizo de Luna

La Luna…

¿Conocéis a alguna bruja que no esté perdidamente enamorada de la Luna? Porque yo no.

Una vez soñé que se rompía, que sus pedazos muertos caían sobre la tierra y que en el cielo apenas quedaban unas ruinas sin alma, sin su resplandor. Grises y polvorientas. Sentí que algo se rompía también dentro de mí y una angustia fría y húmeda se extendía por mi sangre helándome hasta los huesos. Mis lágrimas nublaban mi vista pero se negaban a caer, y un dolor de absoluta desesperación y pérdida me impedían respirar. Desperté llorando, con gemidos atascados en mi pecho y con la respiración entrecortada. Me lancé a la ventana y la busqué. La miré largamente mientras mis latidos recuperaban su ritmo normal. Allí estaba, creciente, hermosa, cercana. Como siempre había estado. Como siempre estará. Mi Luna. Mi amada Luna.

Siempre ha estado allí, cubriendo mis noches con su luz y con su oscuridad. Mi eterna compañera de noches en vela aprendiendo, estudiando, leyendo mis libros de magia y guiando mis sueños. Alumbrando mis alegrías y mis esperanzas rotas. Jamás ha perdido su poder sobre mí. Cada vez que la veo es una experiencia nueva. No importa su tamaño, su belleza siempre me sobrecoge. Y si se asoma entre nubes o a través de las ramas de los árboles, su atmósfera penetra tan profundo dentro de mí que tengo que obligarme a arrancar mis ojos de ella.

Sé que es un satélite. Sé que se formó con parte de esta Tierra arrancada por el impacto de un asteroide y que su luz proviene del reflejo del Sol. Lo sé. Pero también es algo más. Mucho más. Además de regular las mareas de los océanos, ser la responsable del ritmo de los giros de la Tierra que crean el discurrir de nuestros días y nuestro tiempo, y hacer salir a los lunáticos con cada fase plena, también es algo que acompaña nuestras vidas. Una presencia eterna y constante que parece responder a nuestros pensamientos. Y en mi caso, una amiga y confidente. Cuantas noches habré llorado contándole mis secretos en la madrugada…

Desde muy niña me fascinaron sus ciclos. Siempre distinta. Siempre la misma. Como yo, y como todas las mujeres. Recuerdo lo misterioso que me parecía su influjo en nosotras y su influencia en la magia, en el resultado de los hechizos. Lo poderosa que me sentí con el primero que creé yo sola, sin ayuda de ningún grimorio, apenas con 10 años. Mi primer hechizo de Luna.

Recuerdo la sensación de conexión cuando empecé a fluir con ella, con 11 años. Tuve la suerte de tener una madre que desde muy niña me explicó todo con la mayor naturalidad del mundo. De dónde venían los niños, qué acto los creaba, que relación tenía la menstruación con ello y me dijo: sangrarás cada 28 días, apúntalo en el calendario. Mira, dura lo mismo que la Luna. Para cuando llegó el día, yo ya llevaba mucho tiempo esperándolo. Por fin mi cuerpo había empezado a bailar su danza sagrada con las mareas lunares.

Siempre fue mi gran maestra, me enseñó (y aún lo hace cada día) el camino que recorre una mujer durante un mes, durante el año que dura un giro de la Rueda y durante toda su vida. Sus cuatro hermosas caras que son las nuestras, la doncella llena de promesas de la luna creciente y la primavera, la madre cargada de frutos de la luna Llena y el verano, la anciana sabia de la luna menguante y el otoño, y la bruja guardiana de los secretos de la luna oscura y el invierno. Siempre a mi lado, tomando mi mano y guiándome por el gran misterio que es ser mujer. No es extraño que en todas las culturas se le haya adorado, honrado y en algunas, hasta temido.

Hace muchos años que bailamos juntas sus mareas y mi ritmo es el de la bruja. Sangro con la Luna Llena y me preparo para crear vida con la Luna Oscura. Y aunque todas las mujeres del mundo bailamos al son de las mismas mareas y cada una tiene su propio ritmo interno, todas caminamos juntas en un ciclo tan íntimo y tan unido a nuestras vidas que ya no sé si las mujeres somos su reflejo o ella el nuestro. Su canto, viejo como el tiempo, clama llamando a nuestra alma, y nuestra sangre, hecha de agua, responde a su llamada antigua. Las brujas somos seres de agua.

Somos seres de Luna.

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

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hyedra.deduir@yahoo.es
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