Brujas de hoy en día

Vista parcial de mi altar

Continuando con mi labor de recopilación de textos que tengo dispersos por internet, hoy le toca el turno al primer artículo de la serie “el camino de la bruja” que publiqué en el multiblog Liebanízate y que, con suerte, en breve retomaré. La mayoría de vosotras no lo habéis leído, pero para las que sí, prometo que la semana próxima publicaré un nuevo texto inédito. Disculpad que de vez en cuando incorpore uno antiguo.  Aquí os lo dejo, disfrutadlo de nuevas o de nuevo.

“Aún resulta chocante escuchar cómo alguien se autodenomina “bruja”. Aún se tiende a pensar en ellas como figuras fantásticas que pueblan los cuentos de hadas, o como personas con poca cultura que “creen” que tienen poderes y/o embaucan a incautos con menos cultura o educación aún que ellas.

 Las brujas que yo conozco, entre las que me muevo, a las que pertenezco, somos otra clase de brujas. Algunas ni siquiera se llaman a sí mismas bruja, pero otras (la gran mayoría) sí lo hacemos. Lo hacemos como un acto de rebeldía, de reivindicación por todas aquellas que fueron acusadas de ello y pagaron por culpas inexistentes. Reclamamos la limpieza de una palabra que ha dejado de significar maldad. Las brujas del siglo XXI son curanderas, sanadoras, sacerdotisas de sus religiones, y sobre todo, paganas. Estas son las mujeres de las que voy a hablar en mis escritos, sacerdotisas paganas, seguidoras de las que se han denominado “Religiones de la Tierra”. En especial, de aquellas orientadas a la espiritualidad femenina, que resurge con fuerza en nuestros días y entre las que me encuentro.

Estamos más cerca de lo que la mayoría de la gente piensa, y somos más de las que nosotras mismas creemos. En la actualidad las brujas son abogadas, psicólogas, antropólogas, trabajadoras sociales, historiadoras (mi caso), etc. La mayoría somos mujeres preparadas, cultas, y muy curiosas. Porque no voy a engañaros, para ser pagano hoy en día hay que estudiar, y mucho. Pero también somos hijas, madres, novias, esposas… tenemos un empleo, empresas, negocios. Batallamos a diario con las facturas, con plazos de entrega, con deberes escolares, con discusiones de pareja, con la hipoteca o alquiler… Tenemos una vida corriente, con una orientación religiosa y prácticas espirituales no tan corrientes.

Dentro del paganismo existen diversos caminos, tantos como antiguas religiones pre judeocristianas existieron. De algunas, como la griega o la romana, quedan suficientes fuentes para poder seguir más o menos fielmente sus ritos. De otras apenas quedan referencias, por lo que sus seguidores son “reconstruccionistas”, personas muy instruidas que investigan concienzudamente sobre las culturas y tradiciones que sienten afines a ellos. Pero todas estas corrientes paganas están hermanadas, todas tienen una base común que nos engloba a todos. Todos respetamos a la Tierra como nuestra Madre, la que nos nutre y da vida, a la que debemos un respeto que se ha perdido y que tanto necesita. Celebramos sus ciclos eternos. Cada estación, cada solsticio y equinoccio es sagrado para nosotros, porque reconocemos esos ciclos en nuestro interior. Sentimos como la gran mentira, que el hombre es el dueño de la Tierra, cae ante la aceptación de formar parte de ella. Una especie más de las que la habitan.

La más peligrosa, eso sí. Y sobre la que recae ahora la responsabilidad de cuidarla, ya que al salvar el planeta nos salvaremos a nosotros mismos.

Las brujas estudian mucho, estudian mitología, historia, antropología, psicología, metafísica… Una mujer no se levanta una mañana y dice: este año se lleva ser bruja, me voy a comprar un caldero de Prada y una escoba de Desigual muy cuca que vi en la revista “Bruja hoy”. No. El camino de la bruja es duro, la incomprensión de la sociedad todavía es la causa de que muchas no hayan salido del “armario de las escobas”. Es difícil, porque requiere un tiempo de dedicación a veces muy escaso en nuestra ajetreada vida diaria. Es largo, porque no nos engañemos, nunca termina. No hay meta. Ser bruja es un compromiso de por vida que adquieres contigo misma, con tus compañeros de camino y con todo tu entorno. Pero sobre todo, un compromiso de ser tu misma, de mantener tus ideales, tus valores, sentimientos e ilusiones por encima de todo.

Es un camino de libertad, pero también de sacrificio. Como dice nuestro único mandamiento: Haz lo que desees, siempre y cuando no hagas daño a nadie, comenzando por ti misma. Y esto conlleva una gran responsabilidad.

Ser bruja no es sencillo, nunca lo ha sido. Pero el sentimiento de autoafirmación, de pertenencia a este planeta, el equilibrio y la paz que proporciona saber cuál es tu sitio, y atreverte a ser quien eres que aporta, merece el esfuerzo.”

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra Lopez)

 

Otoño. La estación de la bruja

Rojo otoñal

Rojo otoñal

Este año se retrasa, el verano parece no querer ceder su espacio y se niega a marcharse cuando ya hace tiempo que su época pasó. Siento cierta ansiedad por la espera, un cierto temor a que tarde tanto que, cuando por fin llegue, ya sea demasiado tarde y dure tan poco que apenas me de tiempo a disfrutarlo. Pero mientras espero, lo llamo en mi mente. Lo recuerdo. Lo recreo en mis meditaciones.

El Otoño. Mi querido otoño.  En mi mente veo el sol que cae despacio mientras lo baña todo con una luz dorada única y un repentino soplo de viento frío hace que mi piel, acostumbrada a los días cálidos del verano, se estremezca y mi vello se erice.  Un remolino de aire levanta un puñado de hojas secas del suelo, amarillas, marrones, rojas… llenándolo todo de un estallido de color. El aire huele a la promesa de la lluvia, a castañas calientes entre ascuas, a humo de leña que escapa de las chimeneas e impregna el tiempo durante meses, a manzanas dulces y jugosas y a sidra.

Dentro de mí ha llegado el Otoño. La estación de la bruja.

¿Qué tiene el otoño para afectarnos como lo hace? Muchas personas me comentan que no les gusta, que se deprimen con la llegada del frio y la oscuridad. Sin embargo, la mayoría de las brujas que conozco, yo entre ellas, lo amamos. El otoño es un regalo, y no solo por sus frutos, también para el alma.

Quien no ha paseado por un bosque, un parque o una  arboleda en otoño se pierde una de las más grandes maravillas de vivir en esta tierra. Caminar entre las hojas secas caídas escuchando el sonido tan característico que producen, ese crujido que relaja hasta la última de nuestras células. Dejar volar la mente y disfrutar de la belleza cromática que nos ofrecen los árboles, sumergirse en la vorágine de vida que se produce en los bosques durante estos días: pájaros que cantan al sol que ya se marcha, animales reuniendo provisiones para el invierno y construyendo los refugios en los que se mantendrán cálidos hasta la primavera, el viento cantando la canción de despedida del verano entre las ramas cada vez más desnudas…

Conocer el otoño, sumergirse en él y dejarse llevar por el espíritu de la estación es comprender  parte del Misterio de la Vida. Una vez pasado el momento del estallido de energía y nuevos comienzos de la primavera y la plenitud satisfecha del verano, llega ahora  un tiempo de calma e introspección donde se recogen los últimos frutos, tanto físicos como emocionales.

Es ahora cuando la Madre hace un último esfuerzo y nos regala toda su belleza  en su máximo esplendor. Lo tiñe todo con sus colores más intensos y sacrifica sus últimas fuerzas para crear sus mejores frutos y en ellos entregarnos la vida. Los frutos de otoño están creados para perdurar, guardan dentro de sí una gran cantidad de energía para mantener vivos a sus hijos durante el tiempo estéril del invierno. Los frutos secos, las bayas, manzanas, uvas, setas, etc. Casi todos ellos son alimentos que se conservan durante meses. Son un mensaje secreto para todo aquél que sabe  leer su lenguaje. Nos dicen que resistamos, que aguantemos y tengamos esperanza, que el frio no será eterno,  que pronto llegará la primavera y con ella el calor y la nueva vida.

Actualmente nos resulta más difícil comprender estos misterios. Ahora en cualquier época del año podemos conseguir cualquier cosa que queramos en un supermercado. Fresas en diciembre…, no es de extrañar que la Humanidad haya perdido la conexión divina que tenía con la Tierra, ha olvidado como seguir sus ciclos, cómo apreciar el significado de cada estación y lo que suponen sus frutos para nosotros. Pero en la antigüedad, y hasta no hace mucho, esta relación fue muy íntima y llena de gratitud.

El otoño es el último esfuerzo que hace una Madre por sus hijos cuando apenas le quedan ya fuerzas. Tal vez por eso a tanta gente no le gusta y le deprime. Tal vez, en su interior, hay un reconocimiento atávico de este concepto, donde predomina el sentimiento de pérdida sobre el de sacrificio.

Y es en este sacrificio donde las brujas encontramos la belleza. Una belleza que sobrecoge e inunda el alma. Nos habla de muerte, de un tiempo sin frutos, de unos meses sin luz, sin calor, sin vida… aparente. Pero también nos enseña que no es el final, que es sólo un periodo que pasará, y del que también hemos de extraer una enseñanza. Que la vida continúa, latente, descansando, reuniendo fuerzas para dar lo mejor de sí cuando le llegue el momento de regresar. Es sólo parte de un ciclo eterno, sin fin, del que nosotras formamos parte.

Otoño es un umbral entre los últimos latidos de vida, y la calma y serenidad de la muerte, por eso es ahora cuando el portal se abre. En Samhain celebramos el fin de un año que termina y el inicio de otro que comienza y este cambio se produce con el Velo que nos separa del otro lado más abierto que nunca. Los mundos se superponen y por unas horas, aquellos que marcharon pueden regresar, si así lo desean. Es tiempo de recordarles, agradecerles su existencia y todo lo que aportaron a nuestra vida, pero nunca retenerles. Es tiempo de dejar marchar, de desprenderse, de dejar ir. Empezando por nuestros seres queridos que ahora viajan tras el velo.

Otoño es la estación mágica por excelencia. Dónde la Oscuridad que puebla nuestro interior se despereza y nos pide que le hagamos caso, que nos enfrentemos a ella y que aprendamos a quererla porque tiene mucho que enseñarnos. Durante esas largas tardes-noches cuando nos ponemos las primeras prendas de abrigo y nos estremecemos de placer, cuando sujetamos con manos frías unas tazas con brebajes calentitos y observamos la lluvia caer tras la ventana mientras nos arropamos con una manta,  esos momentos, son regalos de tiempo para dirigir la atención a la persona que más lo merece del mundo, nosotras, y conocernos un poquito más, comprendernos un poquito más, y sobre todo, querernos un poquito más.

Por eso, mis brujas, disfrutemos del otoño mientras dure  y celebradlo como Hijas de la Tierra que sois. ¡Saltad en los charcos y salpicad todo lo que podáis! ¡Haced volar montones de hojas secas por los aires! Dad largos paseos entre los preciosos colores del bosque hasta que tengáis las mejillas arreboladas. Recoged manzanas y probad la deliciosa sidra. Tallad calabazas y celebrad una fiesta de Fin de Año en Samhain con un lugar reservado en la mesa para vuestros ancestros. Recoged hierbas mágicas para tener la alacena bien surtida durante el invierno.

Y sobre todo aprended, de la Tierra, del Viento, de los frutos, de los secretos de la naturaleza tan claros para quienes saben buscarlos…

Pero sobre todo, aprended de vuestra Oscuridad. Tiene mil maravillas que enseñar a todas aquellas valientes que no teman adentrarse en ella. A vosotras.

Feliz Otoño. Feliz Samhain.

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

Nombre de Bruja

Autor: Chema Madoz © Copyright: All Rights Reserved by the author http://www.chemamadoz.com/

Autor de la imagen: Chema Madoz
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http://www.chemamadoz.com/

Las brujas creemos que las palabras tienen poder, y no es sólo una creencia nuestra. En casi todas las culturas se le ha dado poder a la palabra, no sólo hablada, también escrita. Creemos que un nombre contiene una serie de cualidades y cuando queremos nombrar algo y elegimos ese nombre, es porque queremos transferir esas cualidades al elemento al que va a ser impuesto. Unas cualidades que le acompañarán durante toda su vida.

Es por ello que existen palabras mágicas. Y entre las más mágicas de todas, se encuentra el nombre de la bruja.

Mis padres me llamaron Eva. Estuve a punto de llamarme Cecilia, como la hermana fallecida de mi abuela, pero ella se negó diciendo que un bebé no tenía por qué cargar con el nombre de una persona muerta. (Muy inteligente mi abuela). Y a cambio, mi padre escogió el nombre de Eva. No por su significado, ni por el componente religioso, ni nada. Simplemente porque le gustaba.

Eva. Un bonito nombre dicen muchos… En eso no opino. Llevo tantos años escuchándolo que ya no distingo si suena bien o mal, como cuando repites muchas veces seguidas una palabra y acaba perdiendo el significado. Pero en cuanto a sus connotaciones… Eva. La primera mujer, la desobediente, la curiosa, la pecadora. La culpable de todos los males de la humanidad. La Pandora hebrea. Aunque hubiera preferido mil veces llamarme Pandora, la verdad.

Cuando yo era niña, en los colegios, casi todos teníamos religión como asignatura obligatoria, y la historia del Génesis, Adán, Eva, la serpiente y la manzana era de las primeras que nos contaban. Pronto surgieron los primeros comentarios entre los demás niños que me apuntaban señalando: todo es culpa tuya. Eres Eva. Pero también ahí, con unos 5 años y toda mi lógica infantil, fue cuando empecé a rebelarme y a cuestionar a ese Dios que me parecía un poco incompetente. Yo me defendía diciendo que yo no había hecho nada, que yo no era esa Eva, sino Yo misma. Y además, si Dios no quería que comiesen de ese árbol, que no lo hubiera puesto allí, al alcance. Desde el principio no me pareció justo, y con los años, la experiencia y los conocimientos  me fui afianzando en mi opinión.

Rechacé una culpa que no era mía (bien por mí), y rechacé una teología que tampoco reconocía como la mía (super bien por mí). Cuando fui creciendo descubrí que sí tenía algo en común con la Eva bíblica, y era mi sed de conocimiento. Y esa sed fue la que me impulsó a investigar y descubrir. Aprendí que en ningún lugar de la Biblia se dice que el fruto prohibido fuera la manzana, pero como bruja aprendí que la manzana contiene el misterio de la Vida y la Muerte en su interior, y que las manzanas simbolizan la sabiduría y, junto con la granada, el Más Allá. En ritos antiguos se enterraban con los fallecidos para que tuviesen alimento en su viaje, y Avalon, que existe entre los mundos, es la Isla de las Manzanas.

Aprendí también que la Serpiente es la representación de algunos de los rostros de la Madre Tierra y que cuando vemos representaciones de Santos sometiendo a un Dragón o la leyenda de San Patricio expulsando a las serpientes de Irlanda, en realidad son alegorías del Cristianismo expulsando al Paganismo y los antiguos cultos de la Diosa.

Aprendí que Eva no había sido la primera mujer de Adán, sino Lilith, la indómita que se rebeló al no dejarse someter y reclamar su igualdad ante ese Dios. Un Dios cuya respuesta fue el exilio y el castigo, pasando a ser conocida como un demonio engendradora de demonios (mientras Eva fue una mujer engendradora de hombres, pero también castigada). Siempre me he sentido más Hija de Lilith que de Eva. Lilith, la gran Diosa Oscura, regente de la libertad sexual de la Mujer entre otros atributos, todos ellos relacionados con la libertad y la igualdad femenina.

Y hace muchos años ya, decidí que Eva no era el nombre de la bruja que llevaba dentro, de la mujer que quería ser. Si yo era un ser único y cada día me creaba a mi misma, debía llevar un nombre elegido por mí, mi nombre. Y como siempre que quiero aprender algo, o aclarar algo en mi interior, me volví a la Naturaleza, a observar, a escuchar sus mensajes. Y me fijé en mi planta favorita. La hiedra. Creciendo siempre hacia arriba, surgiendo de la oscuridad pero afrontándolo todo, soportándolo todo y adaptándose a todo en su camino por alcanzar la luz. Un vínculo entre el cielo y la tierra. Una de las plantas sagradas de la Diosa. Si el roble y el acebo representan al Dios, la hiedra le representa a Ella. Fuerte, viva, perenne.

Y esas eran las cualidades que quería para mí. No reniego de Eva por temas legales, familiares y para no olvidar de donde vengo. Pero  desde hace muchos años, mi nombre, el que realmente resuena en mi interior y al que mi alma de bruja responde, es Hyedra.

Como bruja libre, no cargo con culpas ajenas. Y mucho menos con culpas inventadas por hombres para someter a mi género y al resto de los hombres. No temo al pecado, ni a un castigo divino, ni a culpas originales. Yo no merezco cargar con un estigma que no tiene nada que ver conmigo. Sólo le temo a mi propia conciencia y es por eso por lo que procuro mantenerla limpia. Y además, si yo hubiera sido la Eva del paraíso, habría comido de la manzana mucho antes. Habría llenado un cesto y me habría marchado junto a Lilith a poblar el mundo de personas como nosotras, libres e iguales.

Soy Hyedra, y aunque nací de la oscuridad, siempre llevé en el centro de la semilla que fui una chispa de Luz que clama por volver a la Fuente eterna. A la Madre. A la Libertad y la Verdad. Y aunque se que mi viaje durará una vida entera, nada podrá detener mi camino, porque es un camino hacia el propio centro de mi misma. Donde Ella habita.

Ese es mi nombre.

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

La bruja perfecta

Círculo de brujas Autor de la imagen: Desconocido

Círculo de brujas
Autor de la imagen: Desconocido

Ahora que os tengo aquí reunidas y la tarde lluviosa se presta a cuentos e historias, os voy a contar un secreto. El fuego está encendido, la alfombra cubierta de cojines y las tazas están llenas de brebaje calentito y delicioso, así que acercaos a mí, arrebujaos en las capas y escuchad, os contaré un secreto.

La bruja perfecta, esa que sabe qué hacer exactamente en cada momento, la que conoce todas y cada una de las hierbas y sus poderes exactos, la que sabe en cada momento sin mirar el almanaque en qué fase exacta del creciente de la luna estamos  y en qué momento soplará el viento del sur el día indicado para hacer el hechizo que necesitamos.  La que conoce todas las particularidades de todas las Diosas de todas las mitologías, la que expresa una verdad incontestable cada vez que abre la boca y a la que nunca se le apagan las velas. Sí, esa. La que parece estar en conexión constante con el otro lado del Velo y ver continuamente los misterios de la Vida. La etérea y mística que jamás se exalta y es siempre dueña de sus emociones. La que siempre tiene una respuesta… Esa bruja, que lo sabe todo y es etérea y perfecta, escuchadme bien, esa bruja…  no existe.

Las brujas somos, como todas las demás, mujeres. Humanas. Y como tal nos equivocamos. Tomamos decisiones equivocadas y cometemos errores. A veces se nos queda la mente en blanco y olvidamos una invocación durante un ritual. O no tenemos ni idea de para qué se utiliza cierta hierba en la magia asiática. A veces hay cosas que simplemente no conocemos y no pasa nada por decir abiertamente: no lo sé. A veces nos ponemos nerviosas, algunas cosas nos dan miedo, y lloramos de tristeza y alegría.

También tenemos defectos, en algunos casos muchos, y trabajamos para mejorarlos, claro. A veces somos un poco perezosas, otras podemos enfadarnos con facilidad ante ciertos hechos, algunas somos impacientes y otras un poco impuntuales. A veces las circunstancias nos superan y explotamos como todos y necesitamos un descanso, o simplemente no nos apetece ser sociables en un momento dado, pero no nos auto castigamos por ello. Admitimos que esos defectos forman parte de nosotras y los aceptamos como rasgos de nuestra personalidad de los que debemos aprender para mejorar.

Tampoco somos seres místicos a todas horas, al menos la mayoría, y nos gusta disfrutar de los placeres terrenales. Nos gusta un buen vino, una cerveza con los amigos, una buena comida, el sexo, la risa y las fiestas. Y no por ello debemos sentirnos culpables ni pensar que nos estamos alejando de nuestro camino espiritual. No pasa nada si en lugar de ser brujas calmadas, seguras y tranquilas somos pasionales y apasionadas, volcánicas, justicieras que se rebelan ante lo que consideramos inaceptable, no pasa nada si es la mujer salvaje la que vive dentro de nosotras.

Tampoco debemos sentirnos culpables o menos brujas si no salimos a correr desnudas por los bosques cada luna llena. No pasa nada si lo hacemos vestidas. No pasa nada si en lugar de correr paseamos. No pasa nada si durante una temporada nuestras responsabilidades nos mantienen alejadas del bosque. Lo llevamos dentro. Ya iremos cuando podamos, él nos espera y sabe que regresaremos. No pasa nada si vuestra naturaleza es tranquila y no sentís el impulso de gritar y ser salvajes, si sois reflexivas y calmadas y no os sentís a gusto en los enfrentamientos.

No pasa nada…

Y tampoco pasa nada si a veces os inclináis por la introspección, el silencio y la meditación y otras veces queréis aullarle a la luna y bailar y reír a carcajadas hasta quedaros afónicas. Nadie ha dicho que debáis ser siempre de la misma manera, impasibles y estáticas como las rocas. Está bien bailar al son de vuestros vientos interiores, del ritmo que marque vuestro corazón en cada momento. Está bien seguir a vuestra sangre fluyendo por vuestras venas, lenta y firmemente a veces, rápida y tumultuosa otras.

Lo importante, lo que realmente os convertirá en grandes brujas, es que seáis vosotras en cada momento. Que os déis permiso para ser, con todos vuestros defectos y virtudes, y que no permitáis que nadie os diga si sois o no  buenas brujas porque no os comportáis como los demás esperan que seamos. Si realmente buscáis ser mejores personas, si sois  mujeres sinceras y honestas con los demás y con vosotras mismas, si os esforzáis para que vuestros hechizos y vuestra magia sean cada día mejores, si trabajáis y estudiáis para aprender (o recordar) el camino de la Diosa, y os comprometéis con vuestras creencias y con Ella, entonces seréis buenas brujas. No importa si lo hacéis gritando desde el centro de vuestro útero sanando las heridas de vuestro linaje y disfrutando de la libertad y el retorno a la naturaleza salvaje. O si lo hacéis desde la comprensión que otorga la meditación durante un ritual calmado y estructurado meciéndoos en las aguas del rio del tiempo. Lo que importa es que lo hagáis, y que seáis. Vosotras.

Nadie puede deciros cómo es la bruja perfecta. Nadie puede juzgar vuestra forma de caminar por este sendero. Nadie puede excluiros de este mundo mágico por no hacer las cosas de la manera  que otros piensen que es la única. Porque no hay una única manera de ser bruja sino tantas como brujas existimos. Jamás os sintáis menos que nadie. Nunca dejéis que os hagan sentir culpables por no ser como otras, porque no hay gurús entre las Hijas de la Diosa, sólo guías.

Y porque,  y ahora que os lo he dicho ya no es un secreto, la bruja perfecta no existe.

Por favor, no me guardéis el secreto…

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

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hyedra.deduir@yahoo.es
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