El camino de regreso a casa

Morgana abriendo las nieblas Fotograma de la película "Las nieblas de Avalon" basada en la novela homónima de Marion Zimmer Bradley

Morgana abriendo las nieblas
Fotograma de la película “Las nieblas de Avalon” basada en la novela homónima de Marion Zimmer Bradley

Desde que tengo memoria me he sentido extraña en este mundo. De niña me sabía extranjera. Traía conmigo unos recuerdos que no pertenecían a este lugar. A este tiempo. Soñaba que algún día mi verdadera familia vendría a buscarme para llevarme a casa. A mi verdadero hogar, tan distinto de éste en el que vivía.

Soy una persona introvertida y eso me ha llevado a ser considerada tímida cuando no lo soy en absoluto. Todo lo contrario. El resto de las personas no me suele interesar. Sólo cuando ya conozco a la gente, con el tiempo y la confianza, me importa su vida y lo que piensen u opinen de mí. Salvo aquellos en los que reconozco la misma chispa que anida en mi alma. Con ellos me siento unida desde el primer momento y puedo hablar horas con alguien a quien acabo de conocer, mientras que hay personas a las que conozco hace años y con las que apenas intercambio unas cuantas palabras.

Creo que a todos los que son como yo se nos reconoce por lo mismo. Chispas de magia en la mirada. Almas perdidas que buscan el camino de regreso a casa y que mientras encuentran ese camino, persiguen los retazos que quedaron atrás de ese mundo del que provenimos y que sabemos perdido.

Ese lugar tiene muchos nombres, pero en mi parte del mundo casi todas las brujas llamamos a ese hogar perdido Avalon. Es más que un lugar, más que un tiempo. Más que un concepto. Avalon es un recuerdo colectivo de algo perdido, pero también la promesa de algo eterno. Inmutable. Algo que espera paciente y en calma a que sus hijas encuentren de nuevo el camino entre la niebla.

Creo que todas, desde que nacemos, sentimos su latido pulsante vibrando en nuestras venas. Oímos su llamada muda y silenciosa, pero constante, creando un vacío atronador en nuestro interior que nada puede llenar. Llevamos con nosotras una añoranza inmensa. Una nostalgia que a veces nos impide respirar. Nos acompaña una pena infinita de la que muchas veces no sabemos la razón. Sólo sabemos que buscamos algo con ansia, que nos anima un sentimiento que nos impulsa a averiguar quiénes somos. Cuál es nuestro lugar.

Y entonces llega un día. Para algunos antes, muy pronto cuando aún somos niños. Para otros después, ya en la edad adulta. Pero llega ese día en el que por fin comprendemos. Y esa comprensión puede llegar a través de un libro, un poema, una imagen… En muchas ocasiones es un sueño. En otras es el encontrarnos con otro hijo de las brumas. Pero cuando ese momento llega, todo cobra sentido. Recordamos quiénes somos y, aunque nunca dejamos de sentir esa añoranza por el hogar perdido, empezamos a celebrar la vida, como los nuestros han hecho a través de los tiempos. A través de los mundos. A través de las vidas.

Celebramos los ciclos de la Tierra, pero con ellos celebramos los umbrales. Celebramos los Solsticios y equinoccios, pero también los puntos intermedios. Todos ellos son momentos de cruce de un tiempo a otro, de un mundo a otro. Porque en esos momentos, cuando los umbrales se abren, podemos atisbar Avalon. Podemos sentirlo. También al amanecer, y en la hora dorada de la tarde. Ese momento cuando el silencio se extiende por los campos y cuando lo único que parece importante es contemplar la danza de las doradas motas de polvo que flotan en los rayos furtivos de un Sol que se marcha y que lo baña todo con su luz más hermosa, la que ha guardado para el final. Cuando el tiempo parece detenerse y todo queda suspendido en la belleza y el misterio, cuando el umbral se abre y no se cierra hasta que la última gota de sangre del crepúsculo se ha desvanecido en el horizonte…

A lo largo del tiempo las mareas de la vida nos llevarán de unas experiencias a otras. Habrá momentos en los que estaremos rodeados de magia, de brujas y compañeros de camino afines. Nuestros días discurrirán entre rituales, bosques, océanos y risas. Seremos felices.

En otros momentos la vida nos llevará por caminos muy alejados de nuestra naturaleza. Desprovistos de toda chispa mística. Momentos donde la tristeza, la soledad y la añoranza serán insoportables. Pero es en esos momentos cuando debemos volvernos a nuestro interior y buscar allí nuestra esencia. Encontrar dentro de nosotras ese pedacito de Avalon que toda bruja lleva dentro y recordar quienes somos mientras las mareas de la vida nos conducen a un momento mejor y más amable.

Ahora mismo me encuentro en uno de esos momentos en los que la cara más despreciable de este mundo que no comprendo se enfrenta a toda la magia de la que estoy hecha. Pero hace poco me sorprendí a mí misma sonriendo mientras contemplaba la luna, redonda y plena, tan amada. Se elevaba, gigante, a través de las nubes iluminando el mundo con su luz de plata, como siempre ha hecho. Y pensé que tal vez, aún hay esperanza después de todo.

La leyenda dice que Avalon se escindió y se ocultó de este mundo para proteger los secretos de la Diosa y la magia que estaban amenazados por los hombres. Y con el paso del tiempo se perdió en la niebla. Pero aún espera que volvamos a encontrarlo porque todas sus hijas llevamos dentro el recuerdo de lo que fue. De lo que fuimos.

Quizás ha llegado el momento de dejar de buscar Avalon entre las brumas. Tal vez sea hora de unirnos para traerlo, entre todas, a la luz. De reconstruir unas ruinas hechas de recuerdos y niebla. De devolvernos a nosotras mismas ese hogar que este mundo ajeno se niega a darnos.  La mitad del trabajo ya está hecha. Para reconstruir cualquier cosa solo se necesitan dos cosas, buenos cimientos y tiempo. Los cimientos de Avalon se asientan en la eternidad.

Y en cuanto al tiempo… Bueno,  no tenemos prisa.

Las brujas también somos eternas.

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

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