Mujer contra mujer

Autor desconocido

Autor desconocido

La discusión más intensa que he tenido sobre machismo fue con otra mujer. Tal vez no tuvo lugar en el entorno más idóneo, ya que ocurrió en un bar de noche y después de unas cervezas, pero en estas situaciones es donde más se implica uno y donde más verdades salen a la luz, porque nos pillan con la guardia baja.

Y el resultado fue que aquella conversación me aterró. Porque ella, una mujer joven de veintimuchos, con un buen puesto laboral, con educación, cultura y bastante experiencia en la vida sostenía contra viento y marea que el machismo ya no existía. Que ella jamás se había encontrado con ningún hombre machista, ni en su entorno familiar, ni en el académico, ni laboral, ni en su círculo de amistades. Sentí pánico. Sobre todo cuando al explicarle que yo veía machismo cada día y en todos los ámbitos de mi vida, prácticamente me dijo que el problema le tenía yo, porque, o bien veía actitudes machistas donde no las había, o bien era que mi entorno era marginal y uno de los pocos reductos donde quedaba cierto machismo residual.

En la lucha contra el machismo estoy acostumbrada a enfrentarme a otras mujeres. En mi propia familia sin ir más lejos. Sobre todo mujeres mayores que perpetúan las tradiciones y enseñanzas que recibieron ellas. Muchas están convencidas de verdad de ese orden patriarcal, otras (y es una lástima) parece que rechazan para las demás  lo que ellas no pudieron tener, como si les hiciera daño que otras disfruten una libertad que a ellas les fue negada.  Mi propia educación fue un tanto confusa, porque si bien me decían constantemente que podría ser cualquier cosa que yo quisiera cuando creciera y que podía estudiar cualquier cosa que yo eligiera y que tenía libertad para decidir por mí misma, también veía como mi hermano, menor que yo, tenía más derechos y menos obligaciones que yo. Su horario y libertad eran mayores y sus obligaciones en casa eran menores. A él no le pedían que ayudara a limpiar o poner la mesa, ni se esperaba que hiciese su cama cada mañana. Y eso era machismo puro y duro.  Y me rebelé.  Me sigo rebelando desde entonces.

Pero a lo que no estaba acostumbrada era a que otra mujer me dijese que ya no existía el machismo. No sé si era una ingenua que no veía realmente el mundo a su alrededor o una privilegiada que por alguna maniobra milagrosa del destino había quedado libre de esta lacra, pero cualquiera de las dos opciones que fuera, resultaba una mujer peligrosa. Mucho. Y por eso me aterró aquella discusión. Si hubiera muchas mujeres como ella, que no veían lo evidente, significaría que se dejaría de luchar para erradicar uno de los comportamientos más dañinos del ser humano. Si no sabemos verlo, no sabemos contra qué tenemos que luchar.

Actualmente el machismo esta muy vivo, no sólo en países menos desarrollados o bajo religiones fuertemente patriarcales y restrictivas, también aquí en Europa y en España. Y además se está produciendo un resurgir entre los más jóvenes. Esto sólo ya de por sí debería activar las alarmas para atajarlo desde ya, pero no es solo esto. Al machismo diario y a cara descubierta que todos conocemos se le une una amenaza mayor y que no es tan fácil de percibir y por ello, no es fácil de confrontar. Los micromachismos, pequeños actos cotidianos que se producen en casa, con la familia y sobre todo en pareja, que todos, incluidas nosotras, tendemos a considerar normales porque no les prestamos demasiada atención, pero que esconden una actitud de menosprecio, desvalorización o indiferencia hacia la mujer.  Por eso, si estás ante una situación en la que te sientes intimidada, desvalorizada, sutilmente “persuadida” a hacer algo que no quieres, o a cargar con responsabilidades de otros porque “tú estás más acostumbrada” o “a ti se te da mejor”, o “déjalo,  que luego lo hago yo” cuando sabemos que no se hará… no lo dudes, es machismo.

Es difícil enfrentarse contra milenios de tradición y más cuando la otra mitad de la Humanidad no cede fácilmente porque no quiere perder unos privilegios que no merece, porque además de no respetar el precepto básico de que todos, mujeres y hombres, somos iguales en derechos y obligaciones (somos ante todo personas)  son privilegios que han adquirido valiéndose de  fuerza bruta para adquirirlos y violencia psicológica y emocional para conservarlos. Es muy difícil, si. Pero más difícil aún si además tenemos que luchar contra nosotras mismas, contra mujeres como nosotras que o bien admiten y perpetúan el machismo, o que, más peligroso aún, directamente lo niegan.

Esta es una lucha de todas, unidas, no contra los hombres si no contra una actitud. Contra un sistema desequilibrado que perjudica a la mitad de la población mundial. Solo podemos crear un nuevo sistema igualitario si empezamos desde dentro de nuestra mitad trabajando juntas y no enfrentadas. Y una vez unidas entre nosotras, podremos luchar con ellos a nuestro lado, porque hay muchos hombres que están reivindicando un nuevo tipo de masculinidad. A nuestro lado y no en contra.

Quiero poder elegir por mi misma. Quiero que mis ideas se valoren igual que las de un hombre. Quiero poder salir a pasear de noche por cualquier sitio, sola, sin miedo. Quiero que ninguna mujer piense que merece lo  malo que le esté ocurriendo. Quiero que ninguna mujer del mundo sufra sólo por ser lo que es, una mujer. Quiero que, por el contrario, descubra la maravilla que es serlo, como he hecho yo y otras muchas como yo. Como bruja y mujer quiero enseñarles a todas ellas a valorarse y valorar su género.

Pero sobre todo, quiero no volver a escuchar jamás una frase que he escuchado a veces y que me rompe por dentro cada vez que la oigo: Ojalá hubiera nacido hombre.

Quiero…

¿Qué quieres tú?

 

Hyedra de Trivia

(Eva Hyedra López)

 

 

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Jorge Fernando Domingo Sánchez
    Jul 02, 2014 @ 12:51:59

    Uf, menudo temita, esto yo creo que es parecido -si excluimos el dolor que produce- a los colores y sus distintos tonos de grises, tiene (creo) que ver con la educación ancestral que todos y todas hemos recibido, con la personalidad del individuo, con el medio en el que nos movemos, etc.
    Pero lo importante es que existe de muy diferentes formas y deberíamos erradicarlo.
    Si desde pequeñitos no se nos educa en igualdad, seguro que lo padeceremos en mayor o menor medida. Ese es nuestro reto, como tantos otros que por su enormidad y complejidad no nos atrevemos a abordar.

    Responder

    • hyedra7
      Jul 02, 2014 @ 14:55:16

      Tienes toda la razón, es básicamente una cuestión de educación. Enseñar a las personas desde pequeñitas que son eso, personas. Unas femeninas y otras masculinas, pero todas humanas por igual y todas se merecen lo mismo sean niñas o niños. Si durante sus primeros años viesen desde su entorno más cercano esta igualdad de roles, tendríamos más de la mitad de la batalla ganada.

      Responder

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